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Antonio zoido

Historiador

Andalucía y sus medallas

André Azulai tiene méritos sobrados en Francia, Marruecos o España para una medalla

La filantropía no fue una cualidad que, desde antiguo, estuviera presente en esta tierra, más dada a una caridad que se concebía como moneda de cambio para conseguir la propia salvación y, también, como señal ostentosa del bienestar de la opulencia del donante. El amor al ser humano, entendido como con-pasión con la entera humanidad, quedó al margen de la política en sentido aristotélico (la definición del ser humano civilizado) y, por tanto, no considerado habitualmente como algo ejemplarizante.

"Lo malo se pega" decían en mi pueblo cuando en los pueblos aún se hablaba con refranes en vez de tuits y algo de eso se pegó, desde su creación, a las medallas de Andalucía: no es lo mismo apreciar a una persona en la literatura o las artes, en el deporte o en el ámbito empresarial, porque el éxito ha coronado su esfuerzo y su inteligencia que otorgar la distinción al valor de una labor altruista gracias a la cual, además de mejorar a aquellos a quienes iba dirigida, también lo hacía realmente la sociedad y, al mismo tiempo, brillaba la imagen de Andalucía.

Quienes trabajaron denodadamente por el éxito y lo consiguieron merecen, por supuesto, ser puestos como ejemplo de tesón, entereza y valentía personal, pero una comunidad necesita, sobre todo, de cohesión y percepción de valores solidarios y, por tanto, debe reconocer a quienes contribuyen poderosamente a ello.

Como siempre, este año en las medallas ha habido de todo, pero el brillo de la filantropía refulgía en la de André Azulai, que tiene méritos sobrados en Francia, Suiza, Marruecos, España y el territorio andaluz para merecer una medalla y, seguramente, ya tendrá otros títulos semejantes en algunos o cada uno de esos territorios. Es, sin duda alguna, una personalidad en la nación magrebí y en la administración alauita.

Que sea el copresidente la de la Fundación Tres Culturas es lo de menos; que, por etnia y nacimiento, sea judío marroquí no es más, después de todo, que una circunstancia. Lo que a mí me parece sorprendente es que fuera capaz de hacer que, en la madrugada del Día de Todos los Santos del año pasado, rezaran juntos israelíes y musulmanes (con decenas de cristianos, real o culturalmente hablando, acompañándolos) y de tomar la decisión de abrir a los creyentes de todas las religiones la sinagoga de Essauira -la antigua Mogador- tras nombrar capillé de la misma a una señora del barrio que, lógicamente, es islámica y de la hermandad de la qadiría, la más importante del Islam norteafricano, que es por el que se extienden y tienen importancia las cofradías.

La medalla de Andalucía, luciendo en el pecho del filántropo André Azulai, ha sido el martillo que sancionaba una sentencia poética en contra de la poesía (y de los políticos que abusan de ella): demostró que Quevedo y Antonio Machado no llevaban razón al decir que "sólo el necio confunde valor y precio"; también lo han confundido en muchas ocasiones sesudos hombres y mujeres de sucesivos gobiernos autonómicos.

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