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La ciudad y los días

Carlos Colón

Ángeles, grandeza de lo pequeño

Juan Miguel le bordó la letanía que la llamaba dulzura de los ángeles, palacio, tabernáculo, casa y vestidura de Dios

El año uno de nuestra era una joven de Nazaret recibió entre sorprendida y aterrada la visita de un ángel. Judía piadosa, ella sabía de su existencia porque en los textos sagrados se hablaba de ellos, desde los que tras la Caída custodiaban el Árbol de la Vida hasta los que salvaron a Agar, detuvieron la mano de Abraham cuando iba a sacrificar a Isaac, lucharon con Jacob y le dieron su nuevo nombre de Israel "porque has luchado con Dios y con los hombres y has vencido", sacaron a Lot de Sodoma, instruyeron a Daniel, confortaron a Elías o señalaron el camino a los israelitas durante el éxodo. No había de extrañarle la existencia de los ángeles. Lo que le asustó es que uno se le apareciera a ella, tan insignificante, y le dijera que iba a tener un hijo al que Dios le daría el trono de David para que reinara eternamente sobre el pueblo de Jacob. Su respuesta es conocida y cambió la historia de la humanidad.

1208 años después Dios ordenó a San Francisco "ve y repara mi iglesia, que se está cayendo en ruinas". Se refería a la capillita de Santa María de los Ángeles que el santo restauró con sus propias manos; pero también a la Iglesia, necesitada de una reforma radical. La capillita se convirtió en la cabeza y madre de todas las iglesias franciscanas porque allí se fundó la orden que desde entonces hasta hoy da testimonio de la santa pobreza y sencillez que están en la raíz del cristianismo y a ella se otorgó en 1216 el jubileo del perdón de Asís que hoy celebra la Hermandad de los Negritos.

Estos hechos de tan grandes consecuencias tuvieron lugar en dos pequeños lugares alejados de los centros del poder y la sabiduría: no en Jerusalén y Roma, sino en Nazaret y una capillita de un monte de los Apeninos italianos. En Sevilla la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles buscó también lo más pequeño para aposentarse entre nosotros: los esclavos y libertos negros que fundaron su hermandad, en una modesta capilla de extramuros, hace 625 años. Razones hay para celebrarlo hoy y cuando el próximo año se corone a esta Virgen para la que Juan Miguel Sánchez creó el palio más original tras la revolución de Ojeda; como si bordara -y en la luz plena de la tarde del Jueves Santo los ángeles gigantes del manto la fueran repitiendo- la antigua letanía que la llamaba dulzura de los ángeles, purísimo incensario de oro, palacio, tabernáculo, casa y vestidura de Dios.

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