¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

Animales

LA muerte en el ruedo del torero Víctor Barrio ha vuelto a poner al descubierto la podredumbre moral de los sectores más exaltados del animalismo, esa deriva naif del pensamiento antihumanista que tanto está calando en la sociedad actual. Pertenecemos a una secta que todavía cree en la condición sagrada de la vida humana, vieja superstición que arrancó en las cuevas del paleolítico y a la que le debemos nuestros derechos más fundamentales. Un hombre muerto sobre la arena es todos los hombres muertos -también el muerto que seremos nosotros- y ante su silencio sólo cabe el respeto. Los tuits mofándose o felicitándose del trágico fallecimiento del diestro sólo demuestran que, quienes los escribieron, perdieron en el proceso parte de su precaria humanidad. De sus mentes y de sus plumas poco bueno puede salir.

En las filas del animalismo hemos observado a personas de muy diferente calidad: amantes de las mascotas, pensadores de extremada lucidez y belleza formal como John Gray, nobles amantes de la naturaleza, etc. Pero también hemos comprobado la presencia más inquietante y secreta de aquellos que preconizan la igualdad entre los animales y el hombre como una forma de regreso a las leyes de la naturaleza, a un darwinismo étnico y social que no se atreven a reivindicar abiertamente. Aún recordamos las campañas en contra de los experimentos con animales de la revista de la organización filonazi Cedade, en las que se denunciaban los sufrimientos de los ratones sometidos a la vivisección mientras se ninguneaba el exterminio de seis millones de personas en los campos del Reich.

La conciencia animalista está cada vez más extendida en la ciudadanía. El Pacma (partido que en España defiende esta opción) logró casi 1,2 millones de votos para el Senado en las últimas elecciones, y muchas formaciones, especialmente las de izquierda, son cada vez más receptivas a sus propuestas. Probablemente, en los próximos tiempos veremos mutar la fiesta de los toros para hacerla más digerible a una sociedad hipersensible y paradójica que se ha empeñado en bajar al hombre del trono de la creación. Pero el problema del animalismo llevado a su último extremo va mucho más allá del futuro de la tauromaquia, algo que no deja de ser una anécdota. Si consideramos al hombre como un simple peón de la naturaleza y no su príncipe, relativizamos también el gran logro de nuestra especie, el derecho, ese largo y permanente camino de perfección, aún sin culminar, que nos aleja de la ley de la selva, de la animalidad. Aunque, claro, quizás es eso lo que buscan algunos.

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