NO fumo desde hace quince años, me molesta el humo y no soporto un cigarrillo a menos de un metro de mi cara. Además, me disgusta la insolencia de la gente que enciende un cigarrillo sin molestarse en preguntarnos a los demás si nos importa que fumen. Por tanto, estoy a favor de la nueva ley que regula el consumo de tabaco en los espacios cerrados. Pero hay dos aspectos de esa ley que me parecen preocupantes. Uno es que no se permita fumar en los lugares en los que clientes y trabajadores, de común acuerdo, hayan aceptado que se fume. Esa prohibición me parece una intromisión intolerable en la libertad individual de los ciudadanos, a los que se trata como si fueran menores de edad incapaces de decidir sobre su vida. Y más preocupante aún es que se acepten las denuncias anónimas contra los fumadores que incumplan la ley. Eso ya no es una intromisión, sino un atropello jurídico y moral, porque cualquier legislador con dos dedos de frente debería saber que el anonimato es la excusa perfecta para sacar a flote los peores aspectos del alma humana. Hay que repetirlo todas las veces que haga falta: el anonimato permite cometer las mayores canalladas sin que tenga ninguna repercusión para quien las comete, y por ello resulta incompatible con la convivencia humana.

Un amigo escritor me contaba no hace mucho que los mismos conocidos que le elogiaban en público sus libros eran los que entraban de forma anónima en los blogs para ponerlo a parir por esos mismos libros que antes le habían elogiado a cara descubierta. Y es que el anonimato es un mecanismo perverso que hace posible las piruetas más siniestras del alma humana. Si supiéramos la cantidad de denuncias anónimas que costaron la vida de miles de personas durante la Guerra Civil nos lo pensaríamos un poco antes de apoyar una legislación que ampara el anonimato. Y si pensáramos en la cantidad de delaciones anónimas que han destrozado la vida de personas inocentes, tendríamos un poco de cuidado con determinadas actitudes.

Nunca se sabe qué es lo que viene antes: si el anonimato o el estallido imparable de insultos y exabruptos, pero está claro que una cosa es inseparable de la otra. Internet está lleno de gente que se dedica a insultar a otras personas con nombres y apellidos, mientras que ellos ocultan su identidad tras una coraza impenetrable de nicks y de seudónimos. Por eso nadie en su sano juicio puede alentar el ejercicio del anonimato. Y si lo hace la ley antitabaco, es que hemos entrado en el camino que conduce al mundo terrorífico de 1984. ¿Quién nos iba a decir que la izquierda que tanto sufrió durante la Guerra Civil por culpa del anonimato sea ahora la que impulse una práctica que debería ser desterrada por completo de la vida pública?

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios