La ciudad y los días

carlos / colón

Apaga y vámonos

LA Fiscalía de la Audiencia Nacional, el Gobierno catalán y el Parlament van a recurrir la sentencia absolutoria de la sección primera de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional en la que afirma que quienes cercaron el Parlament y agredieron, escupieron e insultaron a los parlamentarios estaban ejerciendo sus derechos de reunión y de libertad de expresión; porque -dicen sus señorías- "cuando los cauces de expresión y de acceso al espacio público se encuentran controlados por medios de comunicación privados (…) resulta obligado admitir cierto exceso en el ejercicio de las libertades de expresión o manifestación si se quiere dotar de un mínimo de eficacia a la protesta y a la crítica…".

Es lógico que Fiscalía, Gobierno y Parlament recurran. Recurrirían hasta los vecinos de 13 rue del Percebe si no fueran dibujitos, dados los peligrosos argumentos esgrimidos en la ponencia. Según Torres-Dulce, los hechos juzgados y absueltos son "muy graves porque afectan a la soberanía democrática" de la Cámara catalana. Según Francesc Homs, "los excesos no tienen nada que ver con el derecho a la libertad de expresión y de manifestación... Decir que la culpa de lo que pasó fue de los Mossos es para decir: Apaga y vámonos". Según Nuria De Gispert, la sentencia "menosprecia" al Parlament". Según Duran Lleida, el fallo es "una barbaridad jurídica" que deja "indefensas a muchas instituciones".

Lo que le faltaba a este país, tras el descrédito de las instituciones, la interminable cadena de escándalos de corrupción que afectan por igual a partidos y sindicatos, empresarios y financieros, derecha e izquierda, es el show que nuestros jueces están protagonizando con enfrentamientos entre ellos, sentencias escandalosas, ofensas a las víctimas del terrorismo, protagonismos estelares que acaban llevándolos ante los tribunales y apartándolos de sus carreras o vacaciones marbellíes a cargo del erario público.

Algo debe resistir en pie mientras todo se derrumba para que no tengamos la sensación de que lo único ejemplar en este país son los sufridos ciudadanos que, asaeteados por los impuestos, asediados por los recortes, heridos por el paro y desalentados por los incesantes escándalos de corrupción, llevan el día a día sobre sus maltrechas espaldas como atlantes que soportaran el peso de España. Cuidado. El valor de la democracia se reconoce a veces demasiado tarde, en el momento de su pérdida.

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