¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Aquilino y la sierpe

Aunque superó con creces lo meramente local, Aquilino siempre sintió su anclaje en Sevilla

Son varios los poemas en los que Aquilino Duque se nos muestra como paseante por la ciudad. "El señor errante de Viñamarina", como lo definió Felipe Benítez Reyes, eligió para vivir su conocido locus amoenus del Aljarafe después de años de vagabundeo cosmopolita e intelectual, un lugar que tenía algo de casa-fuerte hidalga y algo de cabaña del fin del mundo, donde Aquilino Duque resistía frente a todo -a veces con razón y otras con sinrazón- y recibía cual morabito a los que allí acudían en peregrinación buscando sabiduría e inspiración.

Aquilino Duque, como decíamos, eligió para vivir las tierras que se extienden entre el Guadalquivir y el Guadiamar, la comarca de la Baja Andalucía que fue edén y hoy es urbanismo -un ejemplo más de ese suicidio de la modernidad que el autor de La luz de Estoril denunció tan de temprano-, pero siguió sintiendo un amor profundo y clásico por su ciudad, que plasmó en algunos versos memorables. En nuestro recuerdo, el nombre de Aquilino Duque siempre quedará vinculado a un poema sobre la calle Sierpes que es un manifiesto de hondura, emoción y rigor; un tratado en verso sobre la que antaño fue la desviada columna vertebral de la ciudad y que hoy languidece vampirizada por nuevos cauces que le roban su caudal humano. Aquilino Duque pertenecía a esa Sevilla sin franquicias y con corretaje en los cafés de Sierpes, como demuestra en unas líneas que sólo pudieron ser escritas gracias a un profundo conocimiento de la historia de esta calle que primero fue brazo del Guadalquivir, luego revueltas bajomedievales y, finalmente, vía principal y adelantada de la peatonalización.

"Pareces que fuiste tortuosa/ pero hoy discurres recta, inexorable/ de plaza a plaza. Busco los meandros/ que han desbordado el tiempo en sus crecidas/ y ese viento que impulsa los balcones/ hinchando -velas verdes- las persianas". Así arranca Aquilino Duque un poema escrito cuando la calle Sierpes, quizás el nombre más antiguo del nomenclátor sevillano, aún era el eje andante de una ciudad provinciana y somnolienta: "Cuántas veces no habré en ti naufragado,/ que me sé tus bajíos de memoria:/ tu botica, tu estanco, tus casinos/ tus barberías y tus cines/, tus márgenes de mimbre y tu cielo de lona/ y esos corrillos de sombreros anchos/ donde se confabula la mentira". Valen más estos versos que mil fotos en blanco y negro.

Aquilino fue, cierto es, un autor que superó con mucho lo meramente local, pero no fue un posmoderno globalizado, siempre sintió muy fuerte su anclaje en Sevilla, la ciudad que, como también afirma en el poema, llevaba en el corazón una sierpe.

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