¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Árboles de seda

Los ginkgos se unen al amplio conjunto de árboles de la ciudad que nos transportan al extremo oriente

Pocos sitios hay en Sevilla donde uno pueda ir a presentar sus respetos al señor emperador del Japón, don Naruhito. Cuando el deseo es irrefrenable, suelo dirigirme con paso quedo al hermoso ejemplar de ginkgo biloba que hay junto al Museo de Artes y Costumbres Populares, una suerte de consulado avanzado y vegetal del Imperio Nipón en el barrio del Porvenir. Más viejos e impresionantes son los ginkgos de los Jardines del Alcázar, aunque la incomodidad de acceder al recinto y la turistofobia nos suelen disuadir del viaje a tan lejanas tierras.

Como todo lo noble del Japón, el ginkgo tiene origen chino, donde se le llegó a conocer como albaricoque plateado, quedando clara una vez más esa delicadeza que tienen los orientales para nombrar el mundo. El ginkgo o nogal del Japón es el árbol sagrado por excelencia en las pagodas budistas, quizás como reconocimiento a su antigüedad antediluviana. Esta conexión directa con los dioses la demostró cuando, sólo un año después de la bomba nuclear de Hiroshima, un viejo ejemplar que se encontraba apenas a un kilómetro del epicentro de la explosión reverdeció con una llama verde de esperanza. Sin embargo, los jardineros dicen que estos fósiles del pérmico no son muy aficionados al verano sevillano, lo que nos demuestra una vez más que nuestro estío es un desastre natural recurrente, como la gota fría levantina o las erupciones del Etna.

Tomás García Rodríguez -botánico de guardia en este periódico-, recordó en un artículo cómo Goethe introducía hojas de ginkgo en las cartas a su amada Marianne von Willemer. No sé muy bien con qué intención lo haría el teutón, pero yo recomiendo este detalle a los enamorados sevillanos, porque las hojas del ginkgo recuerdan a un paipay o, más bien, a uno de esos abanicos enormes que llevan los figurantes de Aida, y qué mejor y caballeresco regalo para una amada que una brisa que sofoque sus calores.

Los ginkgos de Sevilla se unen al amplio conjunto de árboles de la ciudad que nos transportan al extremo oriente: el árbol de los farolillos, las acacias del Japón, el parasol de la China, el azahar de la China... Todos ellos abundan en las calles y parques de la ciudad y si el paseante se detiene y se fija detenidamente, comprobará cómo algunos de los paisajes por los que está acostumbrado a deambular tienen un vago aire a escena de mantón, a delicada estampa oriental en la que el pitosporo está florecido y dos chinitos pescan en un río de seda azul.

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