DENTRO de unos Presupuestos Generales que consagran la política de recortes del Gobierno central y que retrotraen el volumen de inversión pública estatal hasta niveles de hace más de dos décadas, Sevilla puede presumir de no haberse visto especialmente castigada en las cuentas hechas públicas el pasado lunes, aunque tampoco tiene motivos para echar las campanas al vuelo. El ligero aumento de la partida inversora que el Estado destina a la provincia -unos 17 millones de euros y un 6,21% sobre el año pasado- no supone sino un mínimo paliativo a unas políticas que la vienen perjudicando de forma sistemática desde los lejanos tiempos posteriores a la Expo. En definitiva, una aspirina para un enfermo que necesita antibióticos de última generación en cantidades masivas. El margen de maniobra del Gobierno era ciertamente estrecho, pero aun así debe constar que la inversión en Sevilla crece por debajo de la media nacional y que se queda a mucha distancia de provincias de nuestra comunidad como Cádiz, Granada o Huelva, donde hay una apuesta más decidida sobre las infraestructuras. Llama poderosamente la atención que una de las prioridades dibujadas en las cuentas estatales para Sevilla sea el dragado de profundización del Guadalquivir, un controvertido proyecto que el ministro de Agricultura y Medio Ambiente, Miguel Arias, se ha encargado de desinflar en cuantas declaraciones ha hecho al respecto por los supuestos riesgos que tendría para Doñana. Si la consignación presupuestaria significa que el Gobierno de la nación apuesta claramente por el futuro del puerto de Sevilla como palanca de desarrollo para el suroeste español sólo cabe alegrarse y proclamar que ya era hora, pero alguien tendría que aclararlo. También hay que reseñar el exiguo millón de euros para la carretera SE-35 que permitiría la puesta en marcha del segundo Ikea, uno de los proyectos estrellas del alcalde Zoido que, por lo que parece, tampoco podrá ver la luz en el corto plazo. El análisis a las cuentas estatales nos estaría completo si no volviésemos a elevar nuestra protesta por el maltrato sistemático que recibe la cultura sevillana por parte del Estado. Una vez más el Museo de Bellas Artes, la segunda pinacoteca nacional, se queda sin asignación y el Arqueológico recibe una ayuda ridícula para sus obras de reforma. No ocurre así con el Prado o el Reina Sofía, lo que demuestra que también en esto hay dobles varas de medir. Estamos, pues, ante unos Presupuestos que vienen a consolidar la idea de que, aunque la recesión termine, la crisis va todavía para largo y que, por lo menos para Sevilla, no van a ser los de la recuperación.

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