¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Las Atarazanas de Pérez-Mallaína

Han sido ninguneadas por propios y extraños. Ahora sale un libro fundamental para comprender su importancia

Nadie puede decir que la mili de Pablo Emilio Pérez-Mallaína fue una pérdida de tiempo. Como oficial de complemento de la Armada formó parte de la tripulación de uno de los barcos que, tras hacer la II Guerra Mundial y participar en los experimentos nucleares de Bikini, terminó integrado en la flotilla de la Operación Golondrina, el plan para evacuar a españoles cuando se consumó ese atraco a mano armada que fue la descolonización del Sahara. No sólo cargaron con los vivos, sino también con los muertos. Nadie quería dejar en aquel desierto de futuro incierto (todavía lo es) los despojos de sus seres queridos, y el buque estibó ataúdes polvorientos y hombres melancólicos.

Como historiador y americanista, Pérez-Mallaína, ha dedicado su vida al mar y a sus gentes, especialmente las vinculadas a la Carrera de Indias; duros navegantes que sabían "oler los huracanes". Sus estudios sobre los naufragios -un asunto sobre el que ha hecho aportaciones fundamentales- nos descubren un mundo trágico en el que los hidalgos de Castilla, como los músicos del Titanic, esperaban la muerte con sus mejores galas.

La última proeza de este nieto de montañés que diseñó los contenidos del Pabellón de la Navegación de la Expo 92, es una obra inmensa (776 páginas de apretada tipografía), sobre las Atarazanas, editada por su casa madre, la Universidad de Sevilla. En el volumen, que por tamaño y solidez bien podría ejercer de sillar en la Catedral, el americanista despliega sus profundos conocimientos sobre la historia y el significado del antiguo astillero y arsenal sevillano fundado por Alfonso X en el siglo XIII, una factoría que fue fundamental en el control por parte del reino de Castilla del Estrecho de Gibraltar y del Canal de la Mancha durante la Guerra de los Cien Años. Muchas ciudades y puertos ingleses fueron asaltados por buques sevillanos en aquel dilatado conflicto, algo que la historiografía anglosajona nunca le ha perdonado a unas Atarazanas a las que ha ninguneado con saña, pese a su evidente importancia.

El libro Las Atarazanas de Sevilla es también una buena oportunidad para que los locales nos reencontremos con un edificio que sigue siendo víctima de esa ineptitud manifiesta de nuestra ciudad para sacar adelante sus grandes proyectos. Años de polémicas, planes y tribunales y aún hoy apenas sabemos a qué vamos a dedicar sus naves supervivientes. A la vista está que el desdén por este poderoso ejemplo de arquitectura fabril gótica -que también fue almacén de Indias, cárcel o patio de vecinos- no es algo exclusivo de los ingleses.

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