Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Atlántico

NOS definimos como país mediterráneo pese a que una buena parte del litoral de la península, incluyendo las costas hermanas de Portugal, no se asoma al mar por el que llegaron los fenicios, los griegos, los cartagineses o los romanos y cuyas aguas, surcadas desde mucho antes de las migraciones que trajeron al continente las futuras lenguas europeas, fueron durante largo tiempo el centro del mundo conocido. Desde las Columnas de Hércules y la ínsula gaditana hasta la desembocadura del Bidasoa, límite entre las Vasconias española y francesa, las riberas atlánticas de la vieja Iberia dan al vasto Océano que nos une a las tierras de América y define, si cabe decirlo de este modo, una forma distinta de ver o vivir el mar.

Los naturales del Levante o el Mediodía, acostumbrados a los arenales y las playas inmensas, las temperaturas invariablemente altas o la monotonía de los días insolados, encuentran cuanto más al norte no otra manera de ocupar el verano, que viene a ser parecida en todas partes, pero sí algunas diferencias o peculiaridades que se refieren tanto a la climatología -azarosa, cambiante- como al paisaje donde impresionan los acantilados, la vecindad de las montañas o el verde que llega hasta la misma orilla. Varias comunidades, muy celosas de su pregonada singularidad, se reparten el territorio de la cuenca cantábrica, pero para el desprejuiciado forastero es evidente que todas ellas comparten un marco no sólo geográfico, al margen o más allá de las divisiones autonómicas y las rivalidades provincianas.

El tópico, no del todo infundado, asocia el ánimo alegre o un cierto hedonismo a los habitantes de las regiones meridionales y atribuye a los nórdicos de cualquier latitud un temperamento melancólico, tendente a la ensoñación o marcado por esa variedad de la añoranza que los portugueses llaman saudade. Algo tendrá que ver el clima, aunque el calor extremo, bien lo sabemos los que lo padecemos durante meses, resulta tanto o más castigador y disuasorio que la lluvia incesante. Para quienes venimos del Sur, sin embargo, no hay nada más deseable que pasar algo de frío en agosto. Dormir con una manta, despertar rodeados de niebla -proverbial preludio del paseo vespertino- o sentir, calados como bobos, la caricia húmeda del orvallo. No es que no sea hermoso el imperio de la luz, pero también lo son las bruscas transiciones y el suave resol de los cielos nublados, por lo demás felizmente compatibles con los baños de ola. Una sola jornada, como en primavera, puede contener todas las estaciones del año.

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