Aurora para un ocaso

¿A qué fosa común irán a parar las cabinas telefónicas? Con ellas se va también la parte arqueológica de nuestras vidas

Tras largos días de alegre ruta por los Balcanes (se cumplen ahora 30 años del inicio de las sangrientas guerras yugoslavas), regresa uno a la matria, a la ciudad, por aquello de ir entrando en pomada noticiosa… De vuelta de un viaje, sea el que sea, en un solo día se recupera el gen nativo que uno creía haber diluido con tonta vanidad. Eso sí, durante el periplo nos enteramos de dos noticias opuestas sobre la actualidad sevillana en materia urbana. Una funeral y otra supuestamente moderna y jubilosa.

De un lado supimos del holocausto que aguarda a las cabinas de teléfono. El Ayuntamiento pretende amputarlas del paisaje urbano. Nos parece un exterminio cruel. Precisamente en Zagreb, desde Gorjni Grad, contemplamos las vistas de la capital croata junto a una vieja cabina de teléfono. Un gato remolón se restregaba mimosamente en las Convers. Teníamos al lado el funicular que sube y baja al bulevar de Ilica y la torre Lotrscak, que en tiempos avisaba de la presencia del Turco apostado a orillas del Sava. Caía una lluvia otoñal. La cabina de teléfono le daba a Zagreb una melancolía de vieja Europa del Este que el recién fallecido alcalde, el hiperbólico Milan Bandic (especie de Jesús Gil balcánico), no ha podido fumigar del todo. Vimos también otras cabinas de teléfono público por la zona baja del Kapitol. Había quien hacía uso de ellas, mientras de fondo admirábamos el tránsito apacible de los tranvías azules de Zagreb. Nos pareció una estampa conmovedora, una lección del tiempo: una cabina en uso. Por eso no entiende uno que el alcalde haya decidido amputarlas del paisaje urbano de Sevilla. ¿A qué fosa común irán a parar las cabinas telefónicas? Con ellas se va también la parte arqueológica de nuestras vidas. Quisiéramos al menos que las cremaran en los tanatorios de la SE-30 o de San Jerónimo. Así disfrutaríamos de la magnífica cerveza que por allí se despacha y brindaríamos a lo R. L. Stevenson: "Y antes de partir, brindemos por la muerte".

La otra noticia de la que nos enteramos con estupor es la relativa a la fantasía de luz que acaba de estrenarse en las Setas bajo el nombre de Aurora. La luminaria nocturna irá cambiando según las horas, la perspectiva y de ciertas fechas singulares. Se dice que el visitante logrará el éxtasis de una experiencia "inmersiva". De hecho, la llamada Sala Inmersiva mostrará una nueva dimensión, incluso olfativa, de lo que es Sevilla. Ya que es olfativa, Aurora nos parece que de inicio huele a vejez prematura. Es a lo que huele la falsa modernidad. En cambio, las cabinas nos huelen agradablemente a bálsamo, resina y aceite de mortaja.

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