pisando área

Jesús Alba

Autógrafos de Tronío

Esclavos de los derechos de imagen, dos futbolistas no se juntan ya para comer si no es porque lo ponga en el contrato

EL futbolista que conocemos hoy vive amarrado por las cadenas de Jaume Roures en su caminar diario, aunque, cegado por la mareante relación de ceros de sus cuentas en el banco, ni siquiera lo sepa ni creo que le importe. Fútbol teledirigido, profesionalizado y organizado. Esclavos de los derechos de imagen, acuden asqueados y a regañadientes pero por obligación en el contrato a actos y comidas en las que no pueden hacerse una foto si no es delante del panel que no falta y en el que, como álbum de estampitas de los de nuestra época, luchan por hacerse visibles logos y marcas, patrocinadores que por aparecer en el dichoso pero necesario plotter son más importantes ahora que el aficionado, que, por más que lo intente, sólo logrará ver de lejos a su ídolo.

En las ciudades deportivas germinnan, casi como el césped regado y criado en ellas, las verjas, las vallas metálicas y el personal de seguridad, que obligan a rodeos interminables y que evitan que, por ejemplo, las madres puedan decirles a la cara a los entrenadores con un nudo en la garganta que no tienen derecho a hacer sufrir a sus hijos o que, sobre todo, un elemento hostil como un ojeador o un representante con ganas de guasa no se acerque más de la cuenta.

El futbolista no sale de las calles, sale de las escuelas. No sabe regatear, pero sabe perfectamente hacer basculación, cobertura, permuta y vigilancia. Se dirige a sus fans a través de su twitter oficial y se pasa la vida con unos cascos puestos.

Antes, cuando dos o tres futbolistas iban a comer juntos, la reunión no obedecía a ningún acuerdo de publicidad, la chiquillería hacía cola en la puerta y hasta entraba en el salón del restaurante, donde ni dueño ni jefe de prensa ponían impedimentos. Bertoni, Pablo Blanco, Pintinho, Buyo, Montero, Antonio Álvarez, Juan Carlos... no firmaban autógrafos dirigidos. Esos eran verdaderos autógrafos de Tronío. Todo cambia, José.

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