José León-Castro Alonso

Ayuntamiento, Universidad y hermandades

El pasado 18 de junio tenía lugar en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla la entrega de la medalla de la Universidad a nuestro Excmo. Ayuntamiento y a la Hermandad de los Estudiantes. Debo reconocer a priori que acudí al acto por motivos muy diversos, si bien todos ellos legítimos, y que salí del mismo con sentimientos igualmente diversos y creo que todos ellos razonables. En mi triple condición de ciudadano, miembro de la comunidad universitaria y hermano de la cofradía, y tal vez no exento de cierta candidez, esperaba oír discursos de actualidad, de altura y rigor académicos y de testimonio comprometido, pero sólo esto último alcanzó a colmar mis expectativas. Naturalmente me estoy refiriendo a las palabras que pronunció el hermano mayor de la corporación nazarena a quien, por cierto, no le hacía la menor falta la concesión puesto que ella misma es Universidad.

En las palabras de D. Antonio Piñero se abundó y agradeció la razón del ¿honor?, en cuanto reconocimiento a una institución arraigada en la Universidad desde su fundación en 1924 y que además sirve de vínculo entre la institución universitaria y la sociedad sevillana. En mi humilde opinión sin duda se quedó corto, quizá por esa modestia malentendida propia de nuestras cofradías de no valorar lo que mejor pueden hacer, aún cuando rara vez lo hagan. La Hermandad de los Estudiantes es sencillamente eso, una verdadera fraternidad entre todas las células de su nobilísimo cuerpo, en la que todos tienen cabida, en la que todos contribuyen a su fin último, dando y recibiendo, alfa y omega, lo mejor de cuantos en ella forman y son formados en el más genuino sentido de alma mater. ¿Podría afirmarse hoy lo mismo de la sociedad civil y, hasta si me apuran, de la Universidad misma?.

Asimismo con algún exceso sólo atribuible a la generosidad y al gozo de la ocasión, el hermano mayor quiso ver en la fidelidad a sus orígenes y trayectoria universitaria las razones de la distinción. Me permitirá mi hermano mayor que le apostille que a la fidelidad a uno mismo, por pertenencia, por identidad y hasta por comunidad de fines, se la llama coherencia, honestidad y Verdad. Se es fiel a un espíritu, a un credo, a algo o a alguien a quien se debe nuestra propia condición o existencia, y en ello va el amor, la gratitud, en fin la sublimación de los más altos valores; nada más. A la coherencia llama el talante, la forma de interpretar, de vivir, de sentir nuestra propia identidad, de asumir nuestro destino. Y le pregunto, ¿es esto lo que el pasado día 18 se reconoció, interesa hoy todo esto a nadie, alguien sabe, puede, o quiere ir más allá de su ego reconociendo honores que sus conciencias no conocen? Recuerdo ahora la genial intuición de Schopenhauer cuando afirmó que el honor es la conciencia externa, en tanto que la conciencia es el honor interno. Así pues, suum cuique tribuere, a cada cual lo suyo.

¿Cómo no vivir, según confesaba el hermano mayor de la corporación, "encuentros y desuniones, épocas de común unión en el respeto y colaboración recíproca, con otras fases de desencuentro, recelo e incomprensión", cuando tantos sobresaltos y sonrojos producen esa sucesión de sociedades y alianzas, artificiales y zafias, entre los que sólo saben ejercer su oficio desde el interés y la conveniencia? ¿Coinciden acaso las cofradías con la afirmación del jerarca municipal de que sólo se conserva lo que se innova? ¿Es esa la alianza ideológica a la que aspiramos los universitarios, aún cuando allí se afirmara de forma tan radical y oportunista? ¿Podemos verdaderamente reconocerles la más mínima affectio societatis a quien se permite mutilar nada menos que todo un juramento hipocrático, o a quien se atreve a comparar el carnaval del orgullo gay con las cofradías? Con enorme certeza y claridad de visión Borges defendía exactamente lo contrario cuando afirmaba que la Universidad debiera insistirnos en lo antiguo y en lo ajeno; si insiste en lo propio y lo contemporáneo, la Universidad es inútil, porque está ampliando una función que ya cumple con creces la prensa. Pues con tales socios y aliados, Sr. Hermano Mayor, más valdría olvidarse del Martes Santo, cuyo único valor político, académico y ciudadano no pasa de ser un espectáculo cultural renovado año a año en una ciudad que se agota día a día.

¿Quién mejor que una hermandad de universitarios para recoger el gran reto de nuestros días, esto es el diálogo justo y ecuánime entre Cultura y Fe? Claro que es posible, y creemos, en una laicidad positiva, aún incipiente seguramente por falta de compromiso, pero siempre en un escenario capaz de delimitar, respetar y hacer respetar espacios dónde no valgan imposiciones, ni vacuas concesiones, y en dónde la Fe, la Razón y la Cultura encuentren un terreno abonado para la convivencia. Por eso mi querido hermano mayor me alegró tanto oír de su boca la única verdad que en aquel acto se dijo, su firmeza en anunciar que jamás renunciaremos ni a nuestros principios ni menos aún a nuestro ser universitario; ambos valores nos corresponden por derecho propio, muy por encima de artificiosas alianzas y de gestos hueros. Y si, en afortunadísima expresión del maestro de maestros, Fray Luis de León, el honor sigue a la virtud cómo la sombra al cuerpo, que nadie dude de que, sin que la mano izquierda sepa de su derecha, ahí ha estado siempre la Hermandad de los Estudiantes para dar ejemplo, hacer el bien y alimentar y culturizar la Fe en nuestras aulas, sin por ello dejar de ser lo que es, auténtica Universidad. Honor y virtud, pues, para ella aunque alguien con su pretensión sólo haya alcanzado a reparar en su cuerpo y en sus formas.

Obviamente, también intervinieron en el acto el Sr. Alcalde y el Sr. Rector, si bien habiendo sido sus discursos el mismo, único, y perfectamente fungibles, lógico por otra parte a tenor del varapalo que ambos merecieron el día anterior por su pactada tropelía en los Jardines del Prado, apenas si merecería la pena al lector que me detuviera en ellos. No dudo que el acto propiciara la generalizada satisfacción de todos sus protagonistas, pero sólo a uno de ellos con el legítimo orgullo y la profunda convicción de que nada daba ni recibía del César.

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