Hablando en el desierto

Francisco Bejarano

2009

SIN contar con los problemas económicos del mundo, noticia diaria en los periódicos, y que son, más que económicos, financieros de los países ricos a causa de la codicia, según los comentaristas, tengo la impresión de que cada nuevo año es para peor. Hay gente optimista que todo lo espera del paso de una fecha convencional a otra, aun a sabiendas de que todos los años llegan para defraudarnos y es más prudente no esperar nada. Soy pesimista, está claro. Todos, en menor o mayor medida hemos tenido un año del pasado especialmente bueno y lo recordamos con una leve nostalgia. Estemos convencidos de que fue ese nuestro tiempo bueno y que ya no los habrá mejores en el futuro. Si acaso, y para darnos por satisfechos, que no haya en el porvenir grandes pérdidas ni de personas ni de cosas, pero las habrá y estamos preparados. Para pesimistas y optimistas la vida es pérdida continuada, pensamiento que se aclara y felicidad que huye.

Entre los mensajes que he recibido este fin de año hay uno de un optimista: "He visto a la felicidad y me ha dicho que iba a tu casa, y le he pedido que llevase también a la salud y al amor, Trátalos bien, van de nuestra parte." (El mensaje lo he trascrito del lenguaje apocopado de los teléfonos móviles.) La verdad es que hasta ahora no le he visto el pelo a ninguno de los tres, pero son de agradecer los deseos ajenos para nuestra vida. A la felicidad, salvo en muy contadas horas, que no suman en toda la vida más allá de quince días, la he visto muy poco, tan poco que se me ha borrado su cara. La salud, sin entrar en detalles, no es mala, pero estos días pasado han coincidido con la gripe que vaga por estos contornos como una peste benigna. Y del amor, ¿qué decir de él? Un huésped desconocido que nos ha hecho más daño que bien sin presentarse a cara descubierta, sino inspirándonos sentimientos engañosos y traicioneros.

Millones de norteamericanos tienen una gran fe en los astrólogos y en estos días andan entretenidos, y gastando dinero, para saber qué les va a pasar en 2009. Sydney Omarr se hizo rico adivinándoles la vida a los artistas de Hollywood. Dicen que predijo su muerte con una frase ambigua, como suelen profetizar los adivinos, y se fue de este mundo precisamente un dos de enero de hace seis años. Sus seguidores creyeron que sus vaticinios se cumplirían aquel año con todo detalle. Ocurrió como siempre: las casualidades, la interpretación interesada de unos sucesos y algún acierto entre muchos errores le dieron notoriedad después de muerto. Los creyentes en la astrología tienen un consuelo añadido y encaminan su vida según las indicaciones de los astrólogos. A los que nos ha sido negada la fe en sucesos maravillosos no tenemos especiales esperanzas para 2009: confiamos sólo en que no empeore a 2008.

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