EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

7.000

NADIE sabe con seguridad quién ha sido el bebé que se ha convertido en el habitante número siete mil millones de este planeta. Unos dicen que es una niña filipina nacida en Manila, otros lo sitúan en Rusia, otros en una ciudad del centro de la India, y también hay quien se inclina por un bebé nacido en la República Dominicana o por otro bebé nacido en Honduras. En el fondo da igual quién sea ese bebé. Lo que cuenta es que casi todos esos bebés han nacido en países pobres que no disponen de nada parecido a una Seguridad Social o un régimen decente de pensiones. En Manila, por ejemplo, donde ha nacido uno de esos bebés, mucha gente vive en los cementerios y en las aceras y en las vías del tren, por falta de espacio habitable, mientras que la Iglesia católica se empeña en prohibir cualquier método anticonceptivo bajo amenazas apocalípticas.

A mí, la verdad, me da miedo el ritmo vertiginoso de crecimiento de la población de este planeta. A este ritmo, dentro de cuarenta años seremos 9.000 millones de habitantes. Y a finales de este siglo, quizá doce o trece mil millones. Yo no lo veré, desde luego, pero no sé si el espectáculo será digno de verse o incluso de soportarse. Imagino un mundo de ciudades monstruosas que se extenderán por todo el planeta, de un extremo a otro, con la única excepción de inmensas extensiones de territorio desértico e improductivo e inhabitable. Y esas megápolis tendrán que sobrevivir sin agua limpia y sin recursos energéticos, sin bosques ni playas en miles de kilómetros a la redonda, y estarán rodeadas de basuras y de residuos contaminantes. Pero incluso esas ciudades monstruosas no serán suficientes para albergar a la población, así que millones de personas vivirán en barcazas que irán a la deriva por los océanos, en aguas internacionales que no dependerán de ningún Estado y por tanto no podrán ser controladas por nadie, y esos ciudadanos "flotantes" vivirán sin papeles y sin un territorio propio que puedan llamar suyo, a no ser unos pocos centímetros de espacio en el barco y el deseo de llegar vivos al día siguiente.

Sí, de acuerdo, las cosas pintan mal. Pero tampoco es bueno ponerse pesimistas. Muchos de esos niños vivirán mucho mejor que sus padres y sus abuelos, y muchos podrán ir al colegio y estudiar una carrera y un día descubrirán la belleza inexplicable de un soneto de Shakespeare o de una suite de Bach. Muchos de esos niños harán cosas que ninguno de sus antepasados pensó que le resultaría posible hacer. Y algunos, los más afortunados, llegarán a vivir noventa años y verán el año 2100, y cuando recuerden cómo fue su infancia y su juventud, y cómo eran las cosas cuando eran niños y cómo llegaron a ser cuando ya eran ancianos, muchos pensarán que valió la pena la vida que habían vivido.

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