Visto y Oído

francisco / andrés / gallardo

Un, dos...

EL Un, dos, tres está muy bien en la repisa de los idílicos recuerdos televisivos de todos nosotros. Si bajamos la caja de la balda de arriba del trastero, como hacemos con nuestros juguetes, nos apenará que el tiempo lo haya estropeado tanto. Nos avergonzaremos de los chistes de gangosos y tartajas, de los pelazos de Mayra Gómez Kemp, de que la mayoría de las azafatas no son ya de nuestro tipo y que el ritmo del concurso solía ser, a ojos de ahora, exasperante y a veces pretencioso. Chicho Ibáñez Serrador, que un día nos va a dar un disgusto que no veas, era así: un exigente copiador y un meticuloso hombre del entretenimiento cuando el entretenimiento estaba aún menos valorado. El Un, dos, tres ya no se puede tocar, como comprobamos con tristeza en 2004, pero sí se puede aún jugar a costa de él, con la presencia de Mayra, con Arévalo como el Pequeño Nicolás, con La Bombi y con Manolo Sarria zamarreando a Pablo Motos (que a gusto nos quedamos con este dúo Sacapuntas. Dale, Manolo).

El Hormiguero, el mejor programa de entretenimiento familiar en España en estos momentos, hizo un pequeño monumento al concurso que señaló el camino del futuro. Fue una divertida adaptación, que hasta nos llegó a emocionar y, desde una parodia con simpatía, nos mostró cómo podría adaptarse a estos tiempos la galería de la subasta. Está bien así, en el juego de una noche, que no se le ocurra a nadie invocar el nombre del Un, dos, tres en vano. Sólo el equipo de Motos era capaz de hacer una deconstrucción-homenaje a las criaturas chichistas, con la autorización en persona a cargo de Mayra (qué redención no sentiría por dentro el otro jueves) y del mismo Ibáñez Serrador a través del teléfono. El que se perdiera este Hormiguero, que se lo busque por donde sea. Que lo vea y que se ría. Que se entusiasme con esas estupendas azafatas treintañeras, ay, Marta Hazas. Y que ponga de nuevo en el estante de arriba la caja con todos los buenos recuerdos de la Ruperta.

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