¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Balcones y adoquines

Queraltó nos ha enseñado a mirar al suelo, a ver en una supuesta piedra gris los mil colores que le dio la geología

Tiene Mario Vargas Llosa una vieja relación con Sevilla, ciudad que visitó por primera vez en 1959, cuando aún era un estudiante, y a la que profesa un afecto especial por recordarle a su Arequipa natal, tal como dijo en su pregón taurino del año 2000. Desde su primer viaje, el Nobel y marqués no ha dejado de visitar la antigua capital de Indias, donde conserva amigos como el también hispano-peruano Fernando Iwasaki, otro español de ida y vuelta que es en sí un recordatorio de la profunda americanidad de Sevilla (y viceversa). Es por esta trabazón de Vargas Llosa con la urbe por la que nos gusta fantasear con la idea de que su muy poco conocida obra de teatro El loco de los balcones se inspira, además de en su amada Lima, en la Sevilla de la piqueta y la destrucción del patrimonio, fenómeno que para algunos nació con el franquismo, pero cuyo verdadero origen se remonta a la revolución progresista de 1868 y ha tenido (y tiene) continuidad durante la democracia.

El argumento de El loco de los balcones se inspira en la vida de un cascado profesor limeño que gasta todas sus energías y fortuna en conservar los hermosos balcones coloniales de las casas que el desarrollo de la capital peruana va condenando a convertirse en cascotes, dejando como resultado una ciudad mucho más inhóspita, fea y tercermundista que la que erigieron los denostados conquistadores. Cuando se leen sus páginas es inevitable pensar en la reciente historia urbanística de Sevilla, en la cantidad de edificios memorables que fueron derribados en aras del progreso y la avaricia. Pero también en todos esos locos de los balcones que, desde el siglo XIX, han levantado la voz ante tanto desafuero, una legión de Quijanos que hoy tienen continuidad en Julián Sobrino, Javier Queraltó, Lola Robador, Joaquín Egea y muchos más; cada uno con sus manías y vehemencias (la Sevilla fabril y manchesteriana, los adoquines de granito de Gerena, el uso de pigmentos naturales en la pintura de las fachadas, la conservación de las villas de Nervión…), pero todos nimbados por el honor de ser los defensores de los vestigios materiales de tiempos pretéritos, como generales de un imperio ya desaparecido.

Hemos recordado a estos héroes vargasllosianos al leer el manifiesto que un grupo de arquitectos y personas vinculadas al arte, encabezado por Carmen Laffón, han firmado para exigir la reutilización de los adoquines de Gerena en las nuevas pavimentaciones del casco histórico, una causa sobre la que ya hemos escrito en estas páginas. Está claro que detrás del texto está Queraltó, la persona que nos enseñó a muchos a mirar al suelo, a ver en un bloque de granito supuestamente gris los mil colores que le concedió la geología. Siempre hacen falta maestros que nos abran los ojos. Sirvan estas líneas como humilde adhesión. Y vivan los balcones.

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