Cuchillo sin filo

francisco Correal

Balonmano

LO tendría que consultar con mis amigos medievalistas, pero supongo que en aquellos tiempos remotos, en los que habría yernos ejemplares y yernos mendaces, figura familiar cuya trascendencia lo convirtió en hijo político, comportamientos como el que se le supone a Iñaki Urdangarín provocarían cismas, desavenencias dinásticas y hasta guerras sucesorias con la consiguiente alianza de las civilizaciones. Esa onda expansiva que llevaba a un rey inglés a la India, a un belga hasta el Congo mal llamado belga o a un austrohúngaro hasta el cadalso de Querétaro. La primera globalización.

La infanta Cristina, aquella joven que paseaba por las calles de Barcelona con un ejemplar de La Vanguardia, se enamoró de un atlante vasco que jugaba al balonmano. La noticia de su imputación y de la archimillonaria fianza, amén del destronamiento en el callejero de Palma de Mallorca, coincidió con el gran éxito del balonmano español, que se proclamó campeón del mundo propinándole una paliza histórica a Dinamarca. Los daneses deberían impugnar el resultado e investigar si en el equipo español jugaban camuflados aquellos futbolistas que noquearon en distintos momentos a la selección jutlandesa: Manu Sarabia, que los apeó de penalti en las semifinales de la Eurocopa de Francia 84; Butragueño, que les marcó un póquer de goles, en Querétaro, en el Mundial de México 86; o Fernando Hierro, cuyo gol en Nervión en el debut de Cañizares los dejó fuera del Mundial de los Estados Unidos 94.

La nómina de los campeones del mundo me retrotrae a un capítulo insólito de mi vida. Hace muchos años me llamaron de Moguer para que pregonara un torneo de balonmano que se disputaba en la patria de Platero. De allí es Sierra, el segundo portero de la selección, un moguereño que juega en el Paris Saint-Germain. Glosé un deporte al que no he jugado en mi vida rimando Juan Ramón con Perramón, el histórico portero. Incluí la loa de este deporte que hizo el cubano Nicolás Guillén en 1931 en su poema Elegía moderna del motivo cursi. Habla de cómo educar a la Musa: "Edúcala en los parques, respirando aire libre, / mojándose en los ríos y secándose al sol; / que sude, que boxee, que se exalte, que vibre, / que apueste en las carreras y que juegue hand ball". De haber intuido la deriva del duque de Palma habría recordado la cita del Hamlet: "Algo huele a podrido en Dinamarca".

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