HOY no hablaré de Barbie, sino de Bárbara. La real, la que se levanta malhumorada, sufre de gases, tiene granitos que disimula con el maquillaje y se enfada si su Ken no le contesta a Whatsapp estando en línea. Todas vemos su larga melena rubia, ojazos azules, cintura de avispa y labios carnosos, además de su casa perfecta, coche último modelo y éxito laboral, porque pasa de veterinaria a cantante sin sufrir las colas del INEM. Pero todo eso se desmonta, esa perfección es imperfecta como la vida misma. Bárbara no puede permitirse ver Divinity comiendo helado, se machaca en el gimnasio y sólo encuentra ropa de su talla en las tiendas teen. Es esclava del tinte y las extensiones, lo que está afectando a la sedosidad de su cabello, y no puede tener vida íntima con su atractivo y musculado chico por cuestiones obvias. Bárbara parece una mujer segura de sí misma pero, a sus 55 años, muy bien llevados por cierto, se acerca más a la figura de Ana Obregón que a la de Miranda Kerr en su grupo de amigas. Se le da bien todo o no, porque no tiene un trabajo estable y visita continuamente al podólogo ya que al andar siempre de puntillas tiene durezas y no sólo eso, está empezando a sufrir de juanetes. Para colmo, en proporciones de una mujer real, tiene una altura de dos metros, unas medidas de 135-40-90 y su nariz es tan tan pequeña que respira con dificultad.

Sí chicas, Barbie no es perfecta como creemos -y envidiamos- pero ha aprendido a ser feliz con sus imperfecciones, y lo mejor es que es capaz de hacer ver al resto del mundo sólo lo bueno. Y sonríe, sobre todo eso, sonríe mucho poniendo buena cara a todas las adversidades. Bárbara, en la piel (o mejor dicho en el plástico) de Barbie, nos ha enseñado, a su manera, que por muchas cosas negativas que encuentre en su día a día siempre hay que dar a los demás lo mejor de uno mismo. En eso, sí que hay que envidiarla. En eso es mejor Barbie que Bárbara.

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