La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Bares inhóspitos durante el puente

Habría que salir corriendo con sólo ver las colas que se forman para coger un velador en una confitería

Uno come fuera de casa por estrictas necesidades del guión que marca la vida cotidiana, y ocasionalmente por el mero placer de disfrutar de una buena comida y de una buena atención. En condiciones normales, comer fuera del hogar sólo se debe admitir para estar igual que en casa o mejor. O empate, o victoria. Rascarse el bolsillo para estar peor es sencillamente de tontos. Aplíquese el mismo criterio para viajar. Un paseo por el centro a las cuatro y media de la tarde en estos días de puente, o de cualquier sábado de aquí a que pase la Navidad, sirve para comprobar que los criterios de comodidad del personal son muy diferentes. Hay gente que aguanta la posición en un velador arremolinada de cualquier manera, sentada delante de platos sucios y soportando un ambiente de intranquilidad, con peatones pasando a la vera de la mesa y con niños correteando junto a un tráfico rodado considerable. Los camareros están a reventar, hartos de aguantar a una clientela impaciente, o están ya directamente abonados al desdén, por lo que esa clientela corre el riesgo, además, de romper en crispación, sobre todo si al vino que ha regado las tapas se suma el trago largo. Así pasan el mediodía y las tardes no una, sino decenas de familias o grupos, elijan ustedes la denominación que prefieran. Existe la modalidad de los que abandonan el establecimiento del almuerzo para migrar a alguna confitería de renombre, de donde habría que salir corriendo con sólo ver las colas de espera para coger una mesa o sitio en la barra. Pero no, la gente espera. Con los carros de bebé, con abuelos y con niños intranquilos incluidos. Debe ser la extraña atracción por hacer eso que hace todo el mundo, aunque sea a costa de pagar para estar incómodos y mal atendidos. El centro se ha convertido en ese sitio idóneo para ser frecuentado de lunes a jueves. Cuando se paga por estar en condiciones que no son aceptables, el problema es la falta de criterio. Antes se mantenía aquello del gratis total cueste lo que cueste. Ahora el personal paga por atenciones que no son tales, paga por estar donde cree que debe estar durante el puente, tal vez porque la cultura que se impone es la de la difusión de la foto en el sitio. Y, claro, no pocas veces se ven imágenes de mesas sucias, con vasos de vino usados y, por supuesto, sin un mantel. ¿Se han fijado la de restaurantes de moda que han suprimido los manteles? Pero no han dejado de levantar la pica a la hora de la factura. El mantel debe ser cosa de fascistas, porque no se explica que haya que pagar 50 ó 60 euros por una cena servida sobre el tablero. La clientela ha dejado de ser distinguida, como antaño se decía, para ser... lanar. Somos ovejas. Es la hora de enrocarse en casa. Como el rey en el ajedrez.

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