Tomás garcía rodríguez

Doctor en Biología

Bécquer y las llamas de San Lorenzo

Lo más llamativo de la nueva imagen claustral consistirá en la plantación de árboles del fuego

En el corazón de un antiguo barrio hispalense, girando en torno a un templo de origen gótico-mudéjar de finales del siglo XIII y el basilical del Gran Poder, se encuentra la plaza de San Lorenzo. En este espacio de arraigada presencia en la ciudad se plantaron en el pasado plátanos de sombra, algunos de los cuales, de gran porte y con brazos en candelabro, han embellecido el aire de un recinto místico, embriagador y subyugante. Son árboles centenarios que sobrevivieron a duras penas a la incomprensión humana, sufriendo cruentas intervenciones en sus raíces y estructuras aéreas. Gustavo Adolfo Bécquer, nacido en el barrio, presiente: "Saeta que voladora / cruza, arrojada al mar, / sin adivinarse dónde / sembrando se clavará; / hoja que el árbol seca / arrebata el vendaval, / sin que nadie acierte el surco / donde a caer volverá".

Las heridas platanáceas son sustituidas por almeces, especie mediterránea ancestral en el medio rural, siendo su mayor valor ecológico el atraer a pájaros que acuden a consumir sus deleitosos frutos. El poeta, tercia: "Yo en los dorados hilos / que los insectos cuelgan / me mezclo entre los árboles / en la ardorosa siesta... / Yo, en fin, soy el espíritu, / desconocida ausencia, / perfume misterioso / de que es vaso el poeta".

Lo más llamativo de la nueva imagen claustral consistirá en la introducción de árboles del fuego, Grevillea robusta, de procedencia australiana e importado a Europa en el siglo XVIII por Charles F. Greville. Recibe este apelativo ardiente, también pino de oro, por las espectaculares inflorescencias en forma de llamas amarillo-doradas que surgen a finales de primavera y encierran un gran poder de atracción sobre las abejas por su copioso y deleitoso néctar; las recortadas hojas recuerdan los frondes de helechos de envés verde agua y folíolos en lengua de dragón. La planta puede aportar a la mágica plazuela, con su fulgor encendido y sugerente follaje, una imagen de hermosura ruborosa y emular al profundo y ardoroso poeta que rememora desde Toledo las madrugás de sus lares familiares: "Sevilla, la alegre y bulliciosa... guarnecida de una guirnalda de naranjos en flor; la muchedumbre que se agita en su ámbito y por entre la cual desfilan... aquellos miles de elegantes y perfumados penitentes de todos los hábitos y colores... repartiendo a las niñas dulces de sus canastillas y arrastrando luengas colas de terciopelo o de seda...".

Este flamígero renacimiento arbóreo conjugará con el jolgorio cantarín de vencejos, golondrinas y aviones que alegran los amaneceres y las muertes de los días, avivando nebulosas infantiles, callados y tristes pensamientos, amores, desamores y eternos días felices...

"Volverán las oscuras golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar,/ y otra vez con el ala a sus cristales/ jugando llamarán;/ pero aquellas que el vuelo refrenaban/ tu hermosura y su dicha al contemplar,/ aquellas que aprendieron nuestros nombres,/ ésas... ¡no volverán!".

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