¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Blues de Santa Ana

Santa Ana es un claro ejemplo de que las cosas pueden ir a mejor si se actúa con inteligencia

El bar Bistec no es Horcher, pero sirve buenas palomas y codornices en salsa. Según cuentan los veteranos, en tiempos pretéritos servía de palco privilegiado para ver en primera fila las redadas que la Policía organizaba contra los camellos y yonquis que campaban por la plazuela de Santa Ana. De aquel mercadeo de papelinas y chinas queda memoria musical en Yo me quedo en Sevilla, uno de los temas de Blues de la frontera, el LP con el que Pata Negra puso banda sonora al año 1988 y en el que se cita este topónimo trianero que se remonta al siglo XIII. Por cierto, la crítica del disco la hizo para Rockdeluxe el redactor de este diario Blas Fernández, ya entonces espada principal del periodismo musical andaluz. Tempus fugit.

Cuando esto escribimos tenemos en la pantalla del ordenador una instantánea de la plazuela realizada por Luis Martínez en los años 70: apenas unos árboles anoréxicos y sin sombra, un perro solitario, una señora que parece enlutada y dos ruinas que parlotean al sol sentados en un banco. Todo muy al estilo de la ciudad setentera, como esas fotografías que el catalán Manuel Viñals hizo para el libro Calles de Sevilla, escrito por Manuel Ferrand y editado en gran formato por Planeta. Una de esas joyas que un día tuvimos en las manos y dejamos escapar. De la foto de nuestra computadora llama la atención el deterioro del caserío, pero lo acertado del pavimento, una composición en rombos que mezcla chinos y losas de Tarifa, como si fuese una gran alfombra pétrea de entrada al templo de la Señá, tratamiento castellanoviejo que aún se le da en el arrabal a su santa tutelar.

No recordamos la foto por impostada nostalgia, pues la Plazuela de Santa Ana es un claro ejemplo de que las cosas pueden ir a mejor si se actúa con inteligencia y pensando en los ciudadanos. Hoy, el lugar es un auténtico petit jardin compuesto por naranjos y un laurel de indias central que hace las veces de árbol de juntas, alrededor del cual gravitan los veladores de esos bares tan del gusto de esta Neosevilla adoradora del lúpulo. Aunque no se conserva el antiguo pavimento, éste ha sido sustituido por otro que no desentona y las fachadas han curado sus lepras para mostrarse con el conocido decoro popular de la cava. Quizás ya no sea el centro neurálgico del lumpemflamenco que vieron otros siglos, pero por allí pasean los alumnos de la Cristina Heeren con sus guitarras y sus moños a lo Pablo Iglesias. Pasa la vida como dicen con acento manriqueño los hermanos Amador en otro de los éxitos de aquel Blues de la frontera. Santa Ana es, en definitiva, un ejemplo de cómo arreglar un espacio sin -valga la paradoja- destrozarlo. Harían bien los actuales responsables de Urbanismo en ir al Bistec a comer palomas y curiosear un poco, aunque sea a cargo del erario público.

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