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Botín de guerra

La novedad del caso de Sijena es cómo el autor del expolio de obras de arte es quien se muestra ofendido

Como en un cuento de Navidad, los 500 habitantes del pueblo oscense de Sijena, han recuperado parte del tesoro de su monasterio, tras un expolio de décadas. El asunto ha enfangado las relaciones entre Cataluña y Aragón. Son curiosos los tensos lazos que el Principado mantiene con sus vecinos valencianos o aragoneses. Sería difícil encontrar una mala vecindad parecida en el resto de España. No hay comparación con la empatía de andaluces con murcianos, castellano manchegos o extremeños.

Sijena resulta una perfecta radiografía de la soberbia y falta de sentido de la realidad del independentismo catalán. El retorno de 43 piezas de arte a la antigua capilla Sixtina del románico desde Lérida ha provocado una airada protesta de soberanistas, que calificaban la decisión del juez de botín de guerra (del 155), robo, expolio y un sinfín de malaventuras. Una ofendida ciudadana explicaba que Cataluña había comprado las piezas, las había restaurado y las había conservado. Pero la realidad es justo al revés.

El expolio del Monasterio de Sijena empezó durante la Guerra Civil, cuando se llevaron 120 metros cuadrados de los frescos del siglo XIII que están en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. (En los años 60 se llevaron otros 50 metros). Y tras un incendio provocado por los milicianos republicanos, numerosos cuadros, algunos quemados y otros intactos, siguieron camino a la ciudad condal. En los años 70, con motivo de unas obras, las monjas depositaron las piezas ahora rescatadas en el Museo Diocesano de Lérida, de cuya Diócesis dependían. Años más tarde, la Generalitat compró estas obras en un acto declarado ilegal por un juez ante la demanda del Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de Sijena.

A la compra ilegal se suma el botín de guerra (del 36), las piezas en mal estado y la perdida de algún cuadro. Todo exactamente al revés. Los expolios son tan antiguos como reprobables. Museos ingleses, franceses, alemanes o norteamericanos presumen de piezas arqueológicas egipcias, griegas, mayas o incas. Los imperios británico y napoleónico fueron muy depredadores de obras de arte. Es famosa la afición del mariscal Soult durante su estancia en Sevilla por las obras de Murillo o Zurbarán que se llevó con toda la poca vergüenza a París. Pero el atropello dentro del mismo país también existe: los Murillos recuperados se quedaron en Madrid, la Dama de Baza se la llevaron al Museo Arqueológico Nacional…

La novedad del caso de Sijena es cómo el autor del expolio es quien se muestra ofendido. Un cuento triste de Navidad.

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