en tránsito

Eduardo Jordá

Buena noticia

LA noche de San Lorenzo, mientras la playa estaba llena de gente que esperaba la aparición de las estrellas fugaces, un helicóptero empezó a dar vueltas y vueltas sobre nosotros. Era una noche de viento y el mar estaba muy movido. Había olas. Poco después vimos coches de la Guardia Civil, o que nos parecieron de la Guardia Civil. Mientras el helicóptero giraba sobre nosotros, empezaron a sonar los móviles y empezaron a correr los rumores. Estaban buscando a un delincuente, se decía. Al poco tiempo ya no era un delincuente, sino una patera de inmigrantes. Media hora después ya no era una patera, sino una barca que había volcado. Y luego ya no era una barca, sino tres bañistas que habían sido arrastrados por la corriente. Y a medianoche, cuando nos volvíamos a casa -sin haber visto ninguna estrella-, los rumores ya sólo apuntaban a un bañista desaparecido en el mar. Pero el helicóptero se fue, desaparecieron las luces de los reflectores y volvió el silencio. No volvimos a saber nada más.

Mientras intentaba dormirme, pensé en la familia que en aquel momento estaría esperando angustiada las noticias sobre aquel bañista desaparecido. Y pensé en las historias que contaban los pescadores sobre los barcos que se habían hundido y sobre los hombres que no habían regresado nunca a casa. Y pensé en el día lejano en que me interné en el mar, y nadé y nadé, y cuando intenté regresar, supe que no iba a tener fuerzas para llegar a la orilla, aunque conseguí llegar de algún modo, mareado y agotado y deshecho. Y pensé en el hombre salvavidas que me gritó en una playa de México que no me metiera en el agua, porque allí las corrientes eran tan peligrosas que nadie salía vivo de allí. Si aquel día no llego a encontrarme a aquel hombre, yo podría haber sido uno de los ahogados.

A la mañana siguiente, cuando volví a la playa, ya se había extendido el rumor de que habían encontrado el cuerpo del ahogado. Un cuerpo sumergido tarda seis horas en salir a flote, decían los rumores, y el cuerpo ya había aparecido. ¿Dónde?, preguntó alguien. En ese punto las versiones fueron contradictorias. "Muy cerca de aquí", dijo uno. "No se sabe aún", dijo otro con prudencia. Y por toda la playa se fue extendiendo una sombra, como si el sol se hubiera ocultado de repente por culpa de un eclipse inesperado.

Pero a eso del mediodía llegó un nuevo rumor. No había desaparecido nadie, sino que todo se debía a un aviso erróneo de alguien que decía haber visto a un bañista agarrado desesperadamente a una boya. Poco después el rumor se confirmó: no se había ahogado nadie, todo había sido una falsa alarma. Suspiramos aliviados, pensando que las estrellas fugaces nos habían concedido a todos el mismo deseo. No hubo noticia. Ésa fue la buena noticia.

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