Relatos de verano

Buenos días, Cantinflas

USTED lo que no soporta es que le digan la verdad a la cara. Sólo hago constatar que esa disparatada anécdota hace aguas por todos lados. Le estoy haciendo un favor diciéndoselo, porque seguro que la contará a todo el que plante su trasero en este asiento. La siguiente vez que la refiera, sea más creíble, por Dios. Para empezar, jamás empiece una historia expresando que la luna estaba llena, porque todo el mundo pensará que es el comienzo de un cuento de hadas, o sea, de una sarta de mentiras.

-Pero… si me acuerdo perfectamente. La luna estaba totalmente...

-La verdad casi nunca es verosímil, Cantinflas -lo interrumpí con autosuficiencia-. De todas las fases lunares, la llena es la más manida. Rehúya de ella como de la peste. Otro consejo gratis: en su relato, sitúe su taxi en la puerta de un teatro, de una casa discográfica, de un tablado flamenco famoso o en algún sitio que tenga un mínimo de glamour; y no de madrugada, en un barrio cutre y en medio de una plaza desierta. ¿Qué hacía Lola Flores por esos andurriales, comprar heroína, robar cobre?

-Si no me cree, es su problema -conectó el CD y sonó la voz de Marifé de Triana a todo volumen-. Métase conmigo y hable lo que le apetezca. Por mí, encantado, el taxímetro no descansa jamás -acarició su carcasa con ternura, como si fuese una mascota, y añadió-: aunque me cayera un rayo y me dejara muerto aquí mismo, mi fiel compañero seguiría y seguiría corriendo, como el conejito de Duracell.

-El que no para de hablar es usted, y encima a mi cargo. Mejor que no calcule lo que me ha costado su cuento de la Lola Flores cantando y bailando medio desnuda, en mitad de la noche, sólo para usted.

-Yo no he dicho que bailara -replicó, enfurecido-, y mucho menos que estuviese desnuda.

-Mire, Primigenio o como que se llame, le ruego, por lo que más quiera, que dejemos de discutir y que me lleve de una vez a mi destino. Si quiere, me pongo de rodillas y se lo imploro mientras le hago reverencias. Entre el misterio de los buenos días y un taxi que no arranca nunca, tengo materia de sobra para un expediente X. Oiga, ¿puede poner la música más baja o quitarla? No me oigo apenas.

-¿No le gusta la copla? -preguntó, sorprendido.

-¿Quiere que le diga la verdad? La detesto.

-Usted manda -dijo, entretanto desconectaba el equipo de música-. Pues cambio la bombona de gas y salimos. Se acaba de poner el indicador en rojo y…

-¿Ahora va a cambiar la bombona? ¿Está usted de pitorreo?

-Por supuesto -respondió en tono irónico, mientras se bajaba del taxi-. Los taxistas cambiamos las bombonas de gas para hacer reír a los clientes.

-Al menos, tenga la decencia de detener el taxímetro -imploré.

-En eso estaba yo pensando -respondió, esbozando una sonrisa chulesca.

Nada más sentir que el maletero se abría, centré toda mi atención en el taxímetro, cuya pantalla, por cierto, marcaba la friolera de setenta y nueve euros con ochenta. Se trataba de un aparato electrónico digital de funcionamiento aparentemente sencillo. Saqué la navajita suiza de mi llavero y extraje el destornillador. Sin perder un solo instante, me incorporé, apoyé la barriga en el respaldo del sillón del copiloto y extendí los brazos hasta que mis manos alcanzaron el taxímetro. Observé que sólo cuatro tornillos sujetaban su carcasa. Tardé menos de un minuto en desmontarla. Arranqué de cuajo los cables que conectaban el circuito impreso a la corriente eléctrica. La pantalla digital del contador se apagó, o, más bien, se murió. Atornillé la carcasa a toda velocidad, asegurándome de que los cables desconectados siguieran en su interior, para no dar pistas, y volví a mi asiento. Para redondear la faena, saqué el móvil del bolsillo y, adoptando el aire más inocente que quepa en imaginación humana, vamos, que ni Heidi el día de su primera comunión, me puse a jugar al Tetris.

Cantinflas terminó de cambiar la bombona y volvió a subir al taxi. Parecía contento: sonreía y tarareaba una conocida copla de Marifé de Triana. Se puso el cinturón de seguridad, echó un vistazo al taxímetro y se dispuso a arrancar. Sin embargo no lo hizo. Suspendió, de improviso, su canturreo y, sin retirar la mano de la llave de contacto, perdió su vista en el horizonte a través del parabrisas y adoptó una expresión asaz contrariada. Al cabo de unos segundos, pareció barruntar la causa de su zozobra, pues giró, a toda velocidad, la cabeza hacia el salpicadero, y detuvo su vista justo en la pantalla del taxímetro. Estupefacto, abrió los ojos de par en par, contrajo su rostro hasta arrugarlo como una breva podrida, y dejó caer su barbilla, quedándosele la boca semiabierta y los labios superiores tensos y torcidos hacia un lado, dando muestras de profundo asco.

El infeliz se tomó su tiempo para digerir la atroz visión, pasado el cual, acercó, lentamente, su temblorosa mano hacia el aparato, como si temiera que le fuera a dar calambre o algo así, e intentó encenderlo. Al comprobar que no respondía, toqueteó, torpemente, el resto de los botones. A continuación, y siempre de forma autómata y tarda, como si le acabaran de aplicar una descarga eléctrica en el cerebro, revisó los cables uno por uno. Obviamente todo fue en vano. Visiblemente frustrado, se quedó observando la exánime pantalla con expresión alelada, sin saber qué hacer ni qué pensar.

De repente, se volvió hacia mí y me clavó su mirada, seguramente cargada de furia y recelo. Y digo seguramente porque no podía ni quería verla, aunque la sentía en mi frente como si la estuviese horadando con un berbiquí.

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