ALEJANDRO OLLERO TASSARA

La Cabalgata y la carroza 'Una ilusión, una esperanza'

LA gente aparece por riadas como si fueran siguiendo una señal. Se van situando en sectores esperando al gran cortejo. La masa, que no bulla, sólo se ve salpicada por grandes piñas de globos de gas. Se palpa un denominador común a simple vista. La pluralidad de las edades y la alegría de sus caras.

Queda muy poco para que Sevilla se vuelva niña. Explosión de júbilo sin distinción de clases. Es otra de las mutaciones sagradas que experimenta nuestra ciudad: la Cabalgata de los Reyes Magos. Ella consigue ese gran consenso que sólo el amor a los niños lo hace posible. Niños, y no tanto, porque en el fondo todos tenemos en nuestro corazón algo de infantes y, para ello, ponemos nuestra mejor disposición.

Es el momento en el que el caramelo, la sonrisa, las caritas de sorpresa y las miradas de añoranza se vuelvan átomos de ilusión. Abuelos y nietos dan testimonio de amor entre generaciones. Se producen en Sevilla esos paréntesis en los que la ciudad se moviliza sin distinción de colores -ni políticos, ni futbolísticos, ni sociales- y, si me aprietan, ni confesionales.

Este año deslumbrará un color dentro de la inmensa gama de colorido que salpica el cortejo. Brillará casi tanto como los ojos de la ilusión de la mirada de un niño en una noche mágica de agua para los camellos, zapatos en los balcones, nerviosismo y niños haciéndose los dormidos. Será el color rosa de la carroza número veinte, justo delante del rey Gaspar, denominada Una ilusión, una esperanza quizás porque sus 37 componentes o han vencido, o están luchando para vencer, a esa bestia negra que es el cáncer.

María José, Tere, Pilar, José Ramón, José Manuel, Rafael, Lele, Eva, Mar, Concha, Marianela… Qué más dan los nombres, lo importante es su testimonio, ese grito de esperanza de las diosas del positivismo que tiene que calar en lo más hondo de Sevilla. A su lado, jóvenes cansados a veces de navegar contra corriente, porque provienen del dolor y el sufrimiento vencido, y en sus laterales, lo que más nos hará reflexionar: los niños de Andex cuya sonrisa e ilusión nos enternecerán el corazón.

Enarbolarán ese positivismo coronado por la fe, la misma que corona victoriosa ese índice que señala el cielo símbolo de la ciudad. De la fe saben mucho ese grupo de costaleros de Cristo que van siempre de frente sin temor a los kilos, ya que no se pueden permitir el lujo de desfallecer.

Esa carroza, entre otras sensaciones, tiene una meta que es llegar con su grito de ilusión al ánimo de todos los que se encuentran en sus mismas circunstancias diciéndoles: "¡Sí se puede!".

Cuando la Cabalgata toque a su fin y el cansancio se pronuncie en los brazos de los que han tirado toneladas de ilusión, quedará para los Reyes lo que seguro será lo más inolvidable: la visita a los niños enfermos en los hospitales. Entonces se habrá cumplido el rito de la ilusión según Sevilla, que comenzó con el lanzamiento al cielo de un puñado de caramelos por la Estrella que abre el cortejo. Se habrá recogido la Cabalgata, pero la Asociación Española Contra el Cáncer seguirá todo el año para hacerse eco de esa llamada a la vida y la esperanza. Por eso Sevilla tiene que responder. Porque detrás de una Amargura siempre habrá una Esperanza, dos advocaciones que se entrecruzan en los sentimientos de esos combatientes de la fe por la vida.

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