La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Cacerolada en la Alfalfa

La culpa mayor no es de los bares sino del Ayuntamiento que concede licencias saturando calles enteras

Me sumo a las caceroladas de los vecinos de la Alfalfa que reivindican su derecho al descanso y protestan por el retorno de los ruidos de los clientes de los bares de copas que, aún tras el cierre de estos a las dos de la madrugada, que ya está bien, siguen molestándoles. Que haya 14 bares en una calle estrecha es una barbaridad. Sé de quien hace años se tuvo que marchar de allí, desesperado por los ruidos y aglomeraciones nocturnas. La cosa viene de lejos. No culpo a los propietarios de los locales. Cada cual tiene derecho a ganarse la vida como pueda siempre que respete leyes y normas. El problema está en la interpretación que la autoridad responsable haga de ellas. Por eso culpo al Ayuntamiento. Y, por supuesto, a las actitudes gamberras e incívicas.

Para abrir un bar debe solicitarse una licencia. Y sería de esperarse que esta se concediera o no según la saturación de la zona. Pero no es así. Muchas calles del corazón del centro histórico -Mateos Gago, Alemanes, Cuesta del Bacalao o Pérez Galdós- son una casi ininterrumpida sucesión de bares. Si estos son de tapas y cierran en torno a la medianoche el problema es relativamente menor en lo que al descanso de los vecinos se refiere (otra cosa son la desvirtuación del espacio público o los olores). Pero si son de copas y cierran de madrugada la saturación convierte la calle en un infierno de ruidos que no cesan tras su cierre. Como una vecina de la Alfalfa denunciaba a Europa Press, además de atronar hasta las dos de la madrugada el escándalo prosigue después.

Cuando los políticos intervienen contundentemente en esta cuestión los liberales radicales protestan. Ya saben, "laissez faire, laissez passer", la mano invisible y todo eso. Pero alguien debe redactar leyes y normas que protejan los entornos urbanos y las vidas de quienes en ellos viven. Y, lo más importante, debe hacer que se cumplan. Lo esencial es evitar la saturación. Porque una vez que esto se produce es muy complicado, sino casi imposible, conciliar el derecho al descanso de los vecinos con el de los propietarios de los locales a explotar sus negocios. Sumándose los ruidos de quienes consumen en la calle lo que los bares (a veces minúsculos, convirtiendo la calle en una extensión del local) les sirven y los del posterior botellón. Una cosa es el exagerado intervencionismo y otra el dejad hacer, dejad pasar que pagan los vecinos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios