JOSÉ Saramago acaba de anunciar que publica un nuevo libro: Caín. Sólo sabemos de su contenido que para su autor "Dios no es de fiar. ¿Qué diablos de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, desprecia a Caín?". Saramago inculpa a Dios "como el autor intelectual al despreciar el sacrificio que Caín le había ofrecido". No es momento de entrar a valorar estas palabras. Ya expuse en este espacio mi tesis acerca de que el sistema, o los actos de otros, no pueden ser excusa para nuestros comportamientos inapropiados, si éstos son superables. Y en cuanto a Dios, la idea que la humanidad ha elaborado resulta manifiestamente mejorable.

José Saramago es el claro ejemplo de que las circunstancias no tienen que cambiar, ineluctablemente, a las personas… si éstas tienen valores que rijan sus vidas. Ni la gloria del Nobel, ni los ingresos derivados de sus obras que tienen acogida de best-sellers, ni el peregrinaje de lectores que acuden a pedirle la dedicatoria de un libro; nada ha hecho que Saramago cambie, ni de ideas ni de actitud.

Conocí a Saramago cuando mi amiga Pilar del Río nos lo descubrió como autor y como persona hace ya décadas. Era un hombre de origen humilde y de talante sencillo. Ni Pilar ni él eran ricos, así que, cuando se casaron, su casa y sus hábitos eran los propios de gente como ellos eran: austeros. Y, además, eran cultos, generosos y progresistas.

Un Premio Nobel convierte al galardonado en un personaje que es recibido por presidentes de Gobierno; que es oído con avidez por los destinatarios de sus palabras; que acaba conociendo el mundo entero por las invitaciones a disertar; y que es reconocido por Universidades como Doctor honoris causa. ¿No creen que son circunstancias suficientes para alterar algo o mucho el talante de cualquiera? ¿Quién no olvidaría orígenes y austeridad para dejarse mecer en el halago?

José Saramago y Pilar siguen siendo quienes fueron. En su residencia de verano de Lanzarote se vive como siempre: se come en la cocina; se sigue hablando de los temas que siempre preocuparon: la justicia, la libertad, la cultura; se trabaja duramente; y se comparte lo que tienen con quien lo necesita. Todo sin un ápice de engreimiento, todo con la mayor naturalidad. Aunque, de vez en cuando, Pilar atiende una llamada en otra estancia, vuelve y comenta "era el ministro de Cultura de…", o "era la Primera Dama de…"; y así.

Nos contaba José una tarde de mucha conversación entre las amigas que estábamos en su casa pasando unos días que las mujeres tenemos unas cuerdas vocales que funcionan con autonomía y que por eso "trabajan" tanto. Seguramente era una manera de decirnos que le devolviéramos a Pilar. Porque Pilar es para José agua y aire: sin ellos no se puede vivir.

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