Tribuna

Julio Lorca

Calidad de vida y bienestar: ¡No es lo mismo!

ACABO de regresar de un viaje por el norte de la India. Huelga decir lo fascinante que resulta penetrar sus escenarios multisensoriales y sumergirse en sus calles mal asfaltadas pero repletas de contrastes infinitos; caminar entre oradores y bañistas bautismales a las orillas del Ganges o sucumbir ante el esplendor de un atardecer irrepetible en el Taj Majal. Pero nada de eso adquiere su verdadero sentido, hasta que esos millares de rostros desdibujados, que transitan aparentemente sin rumbo a tu alrededor -provocando en el occidental desentrenado un sentimiento de desasosiego inicial- comienzan a integrarse en tu mente como un aura omnipresente de paz colectiva. Cualquiera podría adivinar que tras ese peculiar sosiego se esconde un equilibrio milenario cercano a la felicidad. Empiezas a entender la claves subyacentes a las bajas tasas de conflictividad y delincuencia, en un país de más 1.100 millones de habitantes, que en su mayoría carecen de aquellos elementos que nosotros consideraríamos básicos e imprescindibles, dado nuestro arquetipo de confort: transporte, electricidad, limpieza, saneamiento, abastecimiento de agua, ordenación urbana…

En ese momento comprendes que la noción de calidad de vida deriva de modelos occidentales que valúan criterios tangibles de desarrollo material, prescindiendo con frecuencia de los aspectos emocionales que se asocian al sentirse bien o mal. Sin embargo, las enfermedades depresivas no descienden de forma proporcional al número de coches de lujo matriculados. De hecho, en la India, más bien parece ocurrir al revés. Así, sólo pude contemplar dos atisbos de agresividad, a pesar de visitar cuatro grandes ciudades. El primero, entre el conductor de una moto de gran cilindrada y un coche berlina de alta gama, ante la mirada atónita de los cientos de pasajeros de tuc-tuc y taxi-bicicletas que parecían sorprendidos ante el espectáculo. El segundo, cuando un aparente ejecutivo increpaba insistentemente a su chofer y a los coches cercanos por la aparente calma de la circulación. El guía que nos acompañaba aprovechó para ilustrarnos sobre la creencia hinduista de que al hacer el mal te reencarnas en un ser inferior, y que esta era la base dominante su esquema de valores, siendo la modernidad la que está resquebrajando ese equilibrio ancestral que va dando paso a signos de intolerancia e impaciencia. Crees entonces, que en ausencia de elementos externos de calidad de vida (llámenosle de bienestar objetivable) se dan, e incluso con mayor probabilidad, estados mentales de bienestar subjetivo que permanecen disociados de cualquier aspecto material; lo que nos llevaría a afirmar que, si el progreso no se acompaña de un sólido esquema de valores, podría esconder en su interior la semilla de su propia decadencia. ¿Los estaremos contaminando?

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