RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

California

COMO Europa realmente pinta poco, hoy vamos a hablar de California. Su Tribunal Supremo ha respaldado la semana pasada por seis votos a uno la prohibición de los matrimonios homosexuales en el territorio del Estado, aunque permitirá que las 18.000 parejas que decidieron casarse durante los cinco meses que ha durado el matrimonio gay en California puedan mantener su estatus de casados. La permisión en sí tiene su miga, porque si cuestionable es que el Tribunal Supremo de California tenga potestad para negar el derecho, que no el sacramento, del matrimonio a cualquier ciudadano, que la negación encima tuviera sus efectos retroactivos sería rizar el rizo del absurdo jurídico, sería empantanar más una decisión ya pantanosa y con poco futuro.

Porque, realmente, ¿qué tiene que decir el Alto Tribunal de California acerca de los matrimonios entre personas del mismo sexo? ¿Qué jurisdicción tiene este órgano, cuál es el bien jurídico que entra en colisión con el derecho de los homosexuales a casarse? Ha habido otras cuestiones antes en California que sí han podido ser objeto de una votación en el Supremo, como la ejecución en 2005 de Ray Allen, un hombre de 76 años enfermo, ciego y sordo, que ya había sufrido un infarto meses antes y que fue reanimado exclusivamente para poder ser ejecutado unos meses más tarde. No cabe duda de que Allen era un miserable, que incluso siendo anciano había ordenado varias ejecuciones desde su celda: las de los testigos que le habían llevado a prisión veinticinco años atrás. Sin embargo, Arnold Schwarzenegger le negó finalmente clemencia como gobernador poco después de que el Tribunal Supremo de California, el mismo que ahora acaba de votar la Proposición 8 contra el matrimonio gay. Uno entiende que en caso de Allen, por asesino que fuera, hay bienes jurídicos que entran en conflicto: el derecho a la vida y la seguridad pública, que en el sistema punitivo estadounidense se sitúa muy por encima del derecho a la reinserción social, que en realidad no existe, y por eso el Tribunal Supremo tenía que decantarse.

Sin embargo, entiendo menos que el mismo tribunal opine acerca de la Proposición 8 si no es para tumbarla. La Proposición 8, aprobada el 4 de noviembre en referéndum, niega el matrimonio gay. ¿Es que un derecho fundamental, que es la igualdad, tiene que someterse a referéndum? ¿A qué otro bien agrede? Y más ahora, cuando sólo los gays quieren casarse. Y en California, donde el cine nunca habría existido sin los gays, como se ve en Dioses y monstruos, donde Bill Condon nos cuenta la crepuscular caída de James Whale, director de Frankenstein. Marlene Dietrich y Garbo, Brando y Monty Clift, Rock Hudson, Sal Mineo y James Dean. Fueron ángeles vivos. Hollywood, sin ellos, no sería más que California.

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