Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Cambalache

TODOS hablan de la necesidad de llegar a acuerdos, pero se nota que lo hacen sin convicción o con infinito fastidio, forzados los de siempre por la pérdida de la hegemonía -tan prolongada en algunas instituciones que los ha llevado a creerse imprescindibles- y vacilantes los novatos, igualmente abonados al tacticismo, por temor a que las obligadas cesiones sean penalizadas por los fieles. A los adversarios proclives al pacto se los llama fenicios o cosas peores, pero la habitual denuncia del mercadeo de votos nunca se aplica a los propios, cuando quienes en unos casos se escandalizan, en otros, perfectamente comparables, se ofrecen como buscones. Quieren los cabecillas tocar poder sin moverse de las posiciones de partida, y se comprende. Cualquier negociación, sin embargo, implica renunciar al todo para conseguir una parte.

Es fácil caer en el discurso impugnador de la clase política, pero alguien tiene que ejercer ese trabajo no demasiado prestigioso -el de pianista de burdel está muchos peldaños por encima- y tampoco se conoce un procedimiento más justo que las elecciones libres. Cuando éstas no se traducen en mayorías claras, no hay más remedio que aliarse y para eso, entre otras cosas, están los electos, que si no saben o no quieren dialogar en busca de mínimos compartibles deberían no repetir las elecciones, sino entregar sus actas e irse a casa. Los partidos, viejos o nuevos, son meros intermediarios de la voluntad popular que otorga los sufragios, sólo temporalmente, para convertir a sus representantes en servidores públicos. Una de las acepciones de la palabra cambalache define el término como "trueque hecho con afán de ganancia", pero el matiz peyorativo desaparece si aquélla redunda en beneficio de todos.

No abjura de sus principios quien se aviene a rebajar sus exigencias en aras del bien común, como ya lo llamaban los griegos. Parafraseando al doctor Johnson, podría afirmarse que el maximalismo, al margen de los canallas patrioteros, es el último refugio de los idiotas. Tiene uno, como cualquiera, su opinión acerca de las medidas que deberían adoptar los gobiernos en esta hora crítica, pero no es tan estúpido como para no comprender que otros, más o menos amparados por el número, tienen otras que pueden no gustarnos pero deben ser tenidas en cuenta. A la hora de negociar sobran las ideas y se impone la praxis. Los políticos que no lo entiendan, pueden irse a la oposición, intentar el golpe de Estado o dedicarse a otra cosa.

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