Cambio de sentido

Carmen Camacho

Cambiar de tema

ES Martes de Carnaval, está en su esplendor el baile de disfraces. En la danza, los políticos son de pronto Scaramouche y de pronto Pierrot; parecen severos o afables según giren la máscara; visten con intención telas todas vistosas, pues el percal lo fue en la Corte, y fantoches hay con ropa de marca, o qué mejor embozo que el de Albert Rivera a cuerpo gentil -y más allá- en aquellos carteles electorales. Las lenguas permutan en sus cantinelas y, en ciertos retablillos, blanden cachiporras por doquier y sueltan, sin pensarlo dos veces, un mandoble ¡ay! al titiritero. Ojipláticos, contemplamos el espectáculo que alumbran los flashes y otras candilejas. E intervenimos -o eso nos figuramos- en el coliche, haciendo reverberar su ruido por las redes sociales, creyéndonos así no sólo con el derecho -que lo es- sino con la obligación -que lo parece- de opinar mucho al respecto.

Es Martes de Carnaval, y apelo al travestismo verdadero, que consiste en portar el antifaz que nos revele y burlar desde dentro tanta farsa. En latín, persona aludía a la máscara del personaje teatral. Pues bien, propongo para hoy suspender la máscara cotidiana, revocar la cara, sustituirla por una careta y cantar "¡no me conoces!". Por saber qué se siente y qué se ve desde ese abajo, por mirar la pantomima que a diario nos despachan con hechuras de verdad y por probar a ver qué decimos y qué somos en el fondo, si soeces perdularias, sensatos de Pichardo o criaturas felicianas. Como en El hombre que fue Jueves de G. K. Chesterton, donde todos los anarquistas resultaron ser policías y el disfraz los descubrió, o como en el cuento de Boris Vian, en el que una niebla cubrió la ciudad y los cuerpos deseantes por fin pudieron solazarse dulce y variadamente: así troca Don Carnal la mentira en verdad y la bruma en luz. Sugiero el giro y su enseñanza, que hoy es Martes de Carnaval.

Y si no podemos, o no sabemos, o no nos da la gana de "vestirnos de máscara" -que así de bien se dice en mi pueblo-, animo a transformar la mirada, a "mirar con el ojo del bárbaro", que decía Unamuno, la danza de los polichinelas. O más aún: invito a hacer girar la luz, a poner el foco donde sólo hay sombras. "Cambiar de tema puede ser revolucionario", escribe Andrés Neuman. Sea pues, probemos a cambiar de tema, agárrense: 10 Ulises por día, muchos de ellos niños, mueren en el Egeo. Ítaca no existe. El cíclope brama. Duermen los porqueros.

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