Cuchillo sin filo

francisco Correal

Campanadas

ESTABA leyendo el periódico el día sin periódicos y me quedé atónito al leer una página firmada por Juan Bosco Díaz-Urmeneta. El profesor de Estética y crítico de arte del Grupo Joly no glosaba una exposición de Carmen Laffón o de Rafael Agredano. En realidad, reflexionaba sobre la más sutil de las obras de arte, el ser humano. Con la particularidad de que llevaba el epígrafe de obituario. La obra de arte en cuestión se llamaba Jaime Montes, un histórico del sindicalismo andaluz al que ya no me volveré a encontrar leyendo algún libro o tomando notas en el bar Universal; ya no me preguntará por mis hijos, no olvides que son lo mejor que tenemos y que siempre nos mejoran, me decía cada vez que nos veíamos; ya no me invitará a su casa de Pechón, en la Montaña, el retiro de su consorte que hizo propio. Montes en la Montaña, una redundancia propia del Pereda de Gonzalo González de la Gonzalera.

La muerte de Jaime Montes, de la que me enteré en los preparativos de la cena de Nochevieja, fue la duodécima campanada de este réquiem de gente que se llevó el 14. "Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre ya no está solo, únicamente está solo de soledad humana el lugar por donde ningún hombre ha pasado". Versos de César Vallejo con los que Peridis, que perdió a Máximo, abre su primera novela. El lugar por el que pasaron estas doce uvas de la ausencia. La primera, Manuel de Unciti -ayer fue el primer 1 de enero en el que me quedé sin felicitar en su santo y cumpleaños al cura vasco que me casó en Triana-, al que siguieron Adolfo Suárez un día de marzo que mi hija Carmen aprendió a montar en bicicleta y Gabriel García Márquez el Jueves Santo.

Se fue Sebastián Alabanda, cerebro de aquel Betis que ganó la Copa del Rey al rey de Copas, que departirá con DiStéfano y Luis Aragonés, convocados por la Parca. Se fueron dos amigos con los que paseé, Fernando Ortiz, el veranenante perpetuo, y Rafael de Cózar, a quien vi por última vez el 20-N en el que Cayetana de Alba cambió el limonero de Machado por el ciprés. Uvas de réquiem por el periodista Santi Fuertes, por Ramón, guitarrista gitano que lloró sin lágrimas cuando murió Paco de Lucía, por Conchita, mi vecina, la mujer de Emilio, que se nos fue la víspera de la Inmaculada. Alguien queda, Acosta y Saborido para empezar, cuando el que se va se llama Fernando Soto.

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