Si el pequeño de mi familia extensa supiera hablar, sin duda le hubiera pedido a los Reyes que no le echaran más que el papel de envolver. Flipa en colores. Revolea el peluche y estruja, atónito, el papelote en el que viene. También le sobra ahora mismo Disneyland, prefiere que lo lleve de expedición a la despensa. Últimamente no se le puede molestar porque el señorito está centrado en hacer palmas. A quien estrena mundo, y la sociedad aún no le ha ahormado los deseos, da gloria verlo optar salvajemente por los propios. A menudo me pregunto si colmar a las criaturitas de regalos de última generación es más por nuestra satisfacción que por la que brota de sus corazones. Igualmente, me pregunto si en las cabalgatas disfrutan más los mayores recordando qué es ser un niño que la propia infantería infantil asistiendo a tamaño desfile de colores, sonidos y gentío. Como aquí tenemos la peculiaridad de que cada procesión o pasacalles tenga su réplica (el Corpus Chico, el Rocío Chico, el Carnaval Chiquito…, sólo nos falta para la parusía celebrar El Orgullito) soy de las que prefieren, sin desdoro de la grande, la cabalgata de su barrio.

Acaba de pasar la Cabalgata de Reyes de Sevilla. La multitud se dispersa y, entonces, lo veo: un señor, que ha recolectado una arroba de caramelos, lleva amarrada en cada pie una bolsa de plástico para que los zapatos no se les queden pegados a la avenida. Cierto es que difícilmente se puede caminar, el suelo es una capa compacta de azúcar. Ni un batallón de grandes recolectores de pies plastificados podría coger la cantidad que se arroja. Los antropólogos explican que, en la cultura de escasez -a la que pertenecemos-, el exceso es el defecto. Consumimos, tiramos y hasta nos peleamos por la pelotita que tira el paje como si no hubiera un mañana. "Es sólo un juego", me dirán. Lo sé. "Son caramelos, no euros". Ya. "Que además no cuestan a las arcas porque muchos son de patrocinio". No lo discuto. "Si echaran los caramelos contados también os quejaríais, que así sois en el Diario". No se enfade. "Todo sea por la ilusión de los pequeños". Ellos son más sabios que nosotros.

No sé si soy la única que piensa, de vuelta de la Cabalgata, que podríamos ahorrarnos tanta azúcar despilfarrada que garrapiña nuestras botas. Se lanzan tantos caramelos que se desprecian, se hacen asfalto y no hay quien los arranque: es la escenificación del exceso. Ese dinero, cuanto sea, de quien sea, puede destinarse a otros fines ilusionantes. Lo que nos ahorraríamos así en Lipasam podría destinarse, por ejemplo, a que el día de Reyes no rebosen las basuras por las calles. De la polémica de la Cabalgata de Utrera hablamos otro día, a ver si, mientras tanto, sus responsables encuentran el tornillo que han perdido.

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