ESTA semana coincidí con el actor Ricardo Gómez en el Teatro Marquina. Un local en donde se encuentra, por lo que me dijo, tan a gusto como en casa. Un lugar donde ser partícipe de ese viaje apasionante en el que, durante un rato, vivimos otras vidas. La función elegida era nada menos que Largo viaje de un día hacia la noche, un O'Neill defendido con unas agallas impresionantes por ese par de actorazos que son Vicky Peña y Mario Gas.

En medio de una platea tan envejecida, fue verdaderamente un gusto asistir a una función tan particular en presencia de un espectador tan joven y entrenado como Ricardo (nacido en 1994, encarna desde que cumplió los ocho años a Carlos Alcántara en Cuéntame cómo pasó). Lo que pasaba en el escenario era tremendo. Pero no fue menos asombroso ser testigo de las sensaciones que invadían a Ricardo Gómez presenciando la labor de sus compañeros. Vicky y Mario, pero también Alberto Iglesias, Juan Díaz y Mamen Camacho.

En unos momentos en los que encontrar espectadores menores de cuarenta años en según qué funciones es una rareza, y a menores de treinta en según qué piezas un verdadero milagro, corroborar desde la primera fila qué tipo de corrientes fluían del escenario a la platea y viceversa, en el caso de Ricardo Gómez, fue todo un reconstituyente. Porque uno, a estas alturas de la película, tan descreído, tan desmoralizado, celebra y de qué manera, que un teatro privado se atreva con un texto así, y una compañía lo defienda a este nivel, y entre el público se cuele un veinteañero como Ricardo, con sus antenas bien puestas, conectando de ese modo con la función. Por cierto, qué grande estuvo él en las tablas con El señor Ibrahim.

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