La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Carmen Calvo, la reina de la frivolidad

Hay que tenerla dura como el ala de un Falcon para decir que la reforma del Código no es para liberar a Junqueras

No conozco a nadie que haya hablado esta semana a la hora del desayuno de la necesidad de suavizar la pena del delito de sedición mientras untaba la margarina o vertía el chorro de aceite en la media tostada. Hay que tenerla más dura que las alas de un Falcon para decirle a los españoles que la reforma del Código Penal que se avecina no tiene nada que ver con el indulto encubierto que se cocina en los fogones del poder para sacar a la calle a Junqueras, que bien parece un personaje de Umberto Eco al que sólo falta un candil y soltarlo en el monasterio de El Nombre de la Rosa. Pocos personajes tan frívolos como Carmen Calvo en los últimos veinticinco años de la política española. Acaso habría que sacar a colación a Celia Villalobos, la que jugaba a los videojuegos en el Congreso y trataba al chófer con el látigo de su larga lengua. Calvo tenía, al menos, el buen gusto de leer buenas novelas cuando viajaba en el vagón de Turista del AVE antes de ser vicepresidenta. Pero exhibe un descaro notable al ventear el humo de la matraca del lenguaje inclusivo con la propuesta de denominar simplemente Congreso al Congreso de los Diputados. A ver si al final resulta que lo más inclusivo va a ser el rótulo del franquismo: Cortes Españolas, que así se llamaron entre 1943 y 1977. Este Ejecutivo, tan legítimo como discutible, está cargado de ministros astutos, que no se engañe nadie. Tontos no quedan, mucho menos en política y menos aún en el círculo de confort de Sánchez. Pero no usan la astucia para mejorar el país, sino para mantenerse en el poder por el poder, para lo cual no dudan en cambiar leyes para casos particulares. No hay otro objetivo. Es fundamental que alguien promueva debates estultos, falsos e inexistentes en la sociedad para que otros vayan modificando leyes que permitan la perpetuidad en los cargos y el control del poder judicial, ese sempiterno objeto de deseo. El mayor descaro de un Gobierno se aprecia siempre en los primeros cien días. Hay gente de buena fe que se cree los discursos de un presidente que miente con una facilidad pasmosa y que vende crecepelo con una desfachatez palmaria. Es lógico que tenga por primera referencia a Carmen, la cordobesa, la que en ocasiones ve machistas y fascistas. Es lógico que Sánchez duerma ahora como Morfeo cuando antes no conciliaba el sueño con sólo imaginar sentados en su gabinete a los señores de Podemos, los mismos que demuestran su rebeldía de salón al acudir sin corbata a la Zarzuela y revestirse después con el Dustin para sentarse en el Consejo de Ministros.

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