Paisaje urbano

Eduardo / osborne

Carrusel sin Machado

EL corto otoño sevillano pasa casi sin darnos cuenta, como un buen prefacio del Adviento, y quizá sea este tiempo de primeros fríos y rápidos atardeceres el que menos ha sufrido las modas de ahora. Antes, las Navidades volvían a casa casi sin necesidad de pregonarlo y los niños nos enterábamos por la música cálida de los anuncios de televisión que se repetían año a año, por las deseadas vacaciones del colegio, por el trasiego de la gente con sus bolsas por las calles del centro. Las Navidades olían a castañas asadas y a brasero de alhucema, sabían a mantecados y a oloroso, y se soñaban en comercios de toda la vida como Los Tres Reyes Magos o Deportes Z.

Ahora, no hace falta reparar mucho en el calendario, porque nuestras autoridades nos recuerdan cada día su llegada. Casi tememos que pase el puente de la Inmaculada para que nada más desmontarse los estantes de la modesta Feria del Libro Antiguo empiecen a aparecer por todos lados los más variados espectáculos con sus magos y saltimbanquis, sus luces y pirotecnia, como amenaza nuestro Ayuntamiento en un despliegue de eventos sin precedentes por toda la ciudad, para desgracia del incauto paseante que vaya con el noble propósito de dar una vuelta sin muchas pretensiones.

Confieso que cuando el nuevo gobierno municipal anunció que este año no se iba a programar el espectáculo del mapping, que tanto éxito tuvo durante el mandato de Zoido, no me disgustó la idea, aunque la misma tuviese mucho de revancha política. Pensaba en una vuelta a la normalidad de las luces navideñas y los campanilleros aficionados cantando para recaudar fondos para un asilo de pueblo, con el guiño inevitable (la cabra tira al monte) a algún movimiento solidario. Iluso de mí. Leo con decepción que el Ayuntamiento va a gastarse quinientos mil euros en multitud de espectáculos culturales, por supuesto no religiosos, distribuidos por toda la ciudad, incluido un gran carrusel en la misma plaza de San Francisco que acogía el denostado mapping.

Al final todo esto no es más que una buena metáfora de la situación de la ciudad, de la pérdida de los valores más nuestros, de la primacía de lo adjetivo sobre lo sustantivo. Y como ya está ocurriendo con la Semana Santa, no encuentro otra opción mejor que la de vivir las fiestas como siempre fueron, cada uno de acuerdo con sus modos y creencias, y dejar los caballitos de madera para el poema de Machado.

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