La ciudad y los días

Carlos Colón

Castellano, franciscano y tangerino

HA tenido Sevilla suerte, en el último medio siglo, con sus cardenales. Desde 1958 a 1982 el bondadoso, calmo y flexible -pero también tozudo, como buen maño, en lo que creía innegociable- Bueno Monreal tuvo que afrontar dos tránsitos dificilísimos: el de la Iglesia tras el Vaticano II y el de España tras la muerte de Franco. Y ambos los sorteó con prudente valor y dialogante firmeza.

Amigo Vallejo le sucedió en 1982 coincidiendo con el primer Gobierno socialista de la nación desde la República, conviviendo durante todo su pontificado con el Gobierno socialista en la Junta de Andalucía y durante gran parte de él con ayuntamientos socialistas. Y ha sido el prelado perfecto para gobernar la Iglesia de Sevilla en esos tiempos de normalización democrática. Tiempos también difíciles -hoy mismo están abiertas las cuestiones del laicismo agresivo o del proyecto del ley del aborto- en lo que a las relaciones entre la Iglesia, los poderes públicos y la sociedad se refiere; que Amigo Vallejo ha afrontado a su manera, desde luego, pero siguiendo la senda del diálogo sin renuncia a los propios argumentos, de la flexibilidad sin abdicación de los principios, de la firmeza sin rigidez y de la inserción en el presente mudable de unas verdades eternas que inició su predecesor. Ambos han representado ese don que a veces Dios le concede a la Iglesia: el pastor adecuado al momento histórico.

Gracias a Amigo Vallejo nuestra diócesis se ha visto salvaguardada de los encontronazos que en estos años se han producido entre algunos obispos y el poder civil. No sustrayéndose cobardemente a los conflictos, sino sabiendo enfrentarse a ellos con las maneras dialogantes que la pluralidad democrática exige y la firmeza en la fe hace posible; porque si San Pablo escribió que "si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?", a monseñor Amigo le gusta repetir -la última vez que se lo oí fue en la Macarena, el viernes pasado- que Dios nunca nos pondrá donde su mano no nos pueda alcanzar.

La feliz conjunción de la firmeza castellana, el espíritu franciscano y su paso por esa escuela de tolerancia que es Tánger algo tendrá que ver con la conformación del talante de este hombre que los sevillanos no creyentes recordarán con respeto; los creyentes, con cariño; todos aquellos que vivieron en primera persona -sin cámaras ni publicidad- su cariñosa proximidad, con emoción; y la historia de Sevilla, aunque sólo fuera por la beatificación de Sor Ángela y las visitas del Papa, con letras mayúsculas. Recordaremos muchos, también, a esa discreta, amable y buena persona que es el hermano Pablo.

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