Sucesos Cae en Sevilla parte de una banda dedicada a robar catalizadores de coches

Nacido como expresión de una devoción casi religiosa pocos años después de la muerte del Libertador en Santa Marta, el culto de Bolívar es muy anterior a la reinterpretación en clave bolivariana y ha suscitado diferentes lecturas históricas en regímenes de muy distinto signo. No sólo en la Venezuela que lo ha elevado a los altares, el "genio de América" es reverenciado como un héroe o poco menos que semidiós cuyos escritos se han convertido en una especie de evangelio, atravesado por una mitología que yendo más allá de lo político ha adquirido dimensiones místicas. Lo correcto es respetar los símbolos que eligen las naciones, pero ese respeto no exime de evaluar su significación desde una perspectiva desapasionada, que por ejemplo pase por alto, en nuestro caso, la exacerbada hispanofobia del fundador de la Gran Colombia -más allá del trasfondo bélico, su odio a todo lo español tenía algo de obsesivo- y la innegable brutalidad con la que se desempeñó en su larga guerra contra la Corona. Antes de ser convertida en icono revolucionario, la figura de Bolívar, no en vano un terrateniente de la oligarquía criolla, fue reivindicada por sus herederos naturales en razón de su patriotismo, pero también de unas inclinaciones autoritarias que encontraron simpatía y reflejo en toda clase de dictadores. El cesarismo del Libertador ya fue denunciado por Marx en un famoso ensayo, ciertamente prejuicioso y lleno de desdén hacia todo lo hispanoamericano, pero no desencaminado en este punto, donde lo acusaba de seguir la estela de Bonaparte. Del mismo modo que el corso, Bolívar era un hombre culto y no hay más que leerlo para ver que su ideología republicana nace de la familiaridad con el pensamiento ilustrado. No resulta por lo tanto extraña su creciente tendencia al despotismo, que justificaba invocando la deficiente educación política de la "raza de exterminadores" a la que él mismo pertenecía. En el contexto de su tiempo y de la propia tradición hispánica, esa deriva tampoco puede sorprender, pero no hay duda de que su ejemplo, sometido a sucesivas apropiaciones, ha estimulado la fe en los hombres fuertes, los redentores y los seres providenciales. Doscientos años después de la independencia, muchos dirigentes de las repúblicas americanas siguen atribuyendo a la "herencia española" los males que no han sabido resolver. Desde la saludable desconfianza hacia los liderazgos mesiánicos, sólo cabe desear que el ejercicio de la plena soberanía, la lucha contra la pobreza, la desigualdad y la corrupción, o las justas reivindicaciones de las comunidades indígenas, no pasen por perpetuar el infausto linaje de los caudillos.

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