Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Cela y Paz

HACÍA veinte años que el Nobel de Literatura no hablaba español. En 1989, Cela; en 1990, Octavio Paz. El idioma reina por todo lo alto en 2010: desde Andrés Iniesta hasta Mario Vargas Llosa. Un año completo. El año que ganó Suárez (1977) se lo dieron a Vicente Aleixandre. Yo era un niño-periodista en la casa de Velintonia del poeta del 27. El año que ganó Felipe (1982) se lo dieron a Gabriel García Márquez. El gran amigo de Vargas Llosa en sus años de Barcelona, ahijados literarios de Carmen Balcells y de Carlos Barral, hasta que la amistad terminó estrepitosamente con el puñetazo que el peruano le propinó al colombiano ante un selecto auditorio. Vargas Llosa reaccionó como Cela, aunque no es lo mismo darle un puñetazo a García Márquez en México que a Jesús Mariñas en Marbella.

Se lo presenté a mi mujer en los alrededores de la plaza de toros de Ronda. Íbamos al estreno de la Carmen de Salvador Távora en los dominios de Antonio Ordóñez, buen amigo del escritor peruano. Con Juan Romero zapateando en el papel del general Riego. A Ronda fue con su hijo Álvaro Vargas Llosa, con el que coincidí en el equipo de colaboradores del programa Nocturno que dirigía y presentaba Alfonso Eduardo Pérez Orozco.

Hablo de Vargas Llosa, no tanto como del Betis, ciertamente, cada vez que voy a la consulta de mi amigo Jorge Campos Dávila, oculista peruano de Cajamarca, que lo estará celebrando por todo lo alto con un pisco souer autóctono. Un escritor comprometido que perdió las elecciones presidenciales contra Fujimori. Habríamos perdido un literato, me decía Jorge sobre la hipótesis de que hubiera ganado. Pantaleón y las visitadoras fue un descubrimiento, una lectura de instituto. Ganó el Planeta el año que fue finalista Fernando Savater. El único con Camilo José Cela que reúne los dos premios, aunque el de Iria Flavia tuvo más fortuna en el subalterno: le acompañó en su gira la finalista Ángeles Caso.

Un tipo grande y sencillo. Que nunca rehuyó una entrevista, aunque fuera paseando desde el Museo de Arte Contemporáneo hasta el Alcázar. Recuerdo a mi amigo Juan Manuel González leyendo en un barco, en pleno océano Atlántico, su libro Elogio de la madrastra. Vargas Llosa reivindicó a Corín Tellado y obligó a los eruditos a la violeta a hacer una pirueta intelectual para ver feminismo donde antes sólo veían ñoñez. El escritor sin prejuicios. Que en La fiesta del chivo, Calígula en la República Dominicana, rozó la perfección con su incursión valiente y minuciosa, casi periodística, en el caudillismo, un alegato contra el poder y sus abusos que en ese continente convirtieron en un género literario que revive ahora en caudillos de rigodón.

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