La liturgiadel día

Ángel G. Gómez Guillén

Celebración de la gloriosa Pasión

razones para una conmemoración anual El autor, uno de los grandes especialistas en liturgia de la ciudad, analiza el significado y trascendencia de la jornada de hoy para la Iglesia Católica

HOY es el segundo día del triduo Pascual que comenzó en la tarde de ayer, Jueves Santo, con la celebración de la Misa de la Cena del Señor. Si ayer el sacramento de la Eucaristía era el centro de atención, hoy lo es la figura de Cristo Crucificado. Es el día penitencial por excelencia de todo el año, pues mediante el ayuno, la abstinencia y otras obras de penitencia nos queremos crucificar con Cristo por el perdón de nuestros pecados y por la salvación de todo el mundo. Pero no es un día de luto por la muerte de Jesús. Pues, desde que resucitó, su cruz ha pasado de ser signo de ignominia a ser trono de gloria donde se revela plenamente la realeza de Jesucristo, Dios hecho hombre, Muerto y Resucitado para la salvación del mundo. Por eso hoy es el único día del año que se reserva a la Cruz, -puesta sobre la mesa del altar después del Oficio de la Pasión- el mismo signo de adoración que a la Eucaristía: la genuflexión o inclinación profunda. Porque la imagen del crucificado representa al Hijo de Dios, hecho hombre, muerto por amor al mundo.

La adoración de la Cruz , que en la liturgia del Viernes Santo tiene lugar después de la proclamación de la Palabra de Dios, es el momento más característico de la celebración del oficio litúrgico de hoy. Este gesto de la adoración de la Cruz es una bella síntesis entre liturgia y piedad popular. El diácono ha ido a la sacristía por el crucifijo que está cubierto por un velo y lo trae procesionalmente acompañado por dos ciriales. Una vez en el centro del altar, el sacerdote va descubriendo poco a poco, en tres veces, la imagen del crucificado, mientras canta: "Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo". Y todos se arrodillan.

Después se lleva la cruz a la entrada del presbiterio donde los fieles van pasando y besando los pies del Cristo.

Estos gestos de veneración de la Cruz el Viernes Santo arrancan desde los primeros siglos de la Iglesia. Veamos lo que nos cuenta la peregrina Egeria en su libro Itinerario, sobre lo que ella presenció en Jerusalén en el siglo IV:

"Antes de la salida del sol, todos, animosos, van con presteza a Sión a orar ante la columna en la cual fue flagelado el Señor. Vueltos de allí, descansan un poco en sus casas y pronto están todos dispuestos. Es colocada la cátedra para el obispo en el Gólgota detrás de la Cruz, siéntase el obispo en la cátedra; es colocada ante él una mesa cubierta con un lienzo; alrededor de la mesa están de pie los diáconos; es traído el relicario de plata dorada en el que está el santo leño de la Cruz, es abierto y sacado, y se ponen en la mesa tanto el leño de la cruz como el título…Y así todo el pueblo va pasando uno a uno, inclinándose todos van tocando, primero con la frente y luego con los ojos, la cruz y el título, y besando la cruz van pasando…"

Y en la Catedral de Sevilla, en el siglo XIX, según cuenta Blanco White en su libro Cartas de España se hacía lo siguiente:

"… el arzobispo, vestido con un alba sin adornos, toma una cruz de madera de seis o siete pies de altura que, como las otras cruces, ha permanecido cubierta con un velo morado durante las dos últimas semanas de Cuaresma. De pie ante el altar y vuelto hacia el pueblo, va descubriendo poco a poco el sagrado emblema, que clérigos y seglares adoran de rodillas. Los ministros asistentes ayudan al prelado a descalzarse, y acto seguido éste toma la cruz sobre sus hombros, como los pintores representan a nuestro Salvador camino del Calvario, y se dirige solo desde el altar hasta la entrada del presbiterio o cancel, donde deposita su sagrado peso sobre dos cojines. Retrocede algunos pasos y se acerca de nuevo a la cruz haciendo tres postraciones, al llegar la besa y deposita en una bandeja de plata la ofrenda de una moneda".

Todo este ceremonial en torno a la Cruz recibe su significado más profundo desde la Liturgia de la Palabra que ha tenido lugar inmediatamente antes. De nuevo el oficio del Viernes Santo es un modelo del tratamiento pastoral de la piedad popular que necesita siempre el apoyo y la iluminación de la Palabra de Dios. Cuando falta ésta la piedad popular va dejando de ser cristiana y se va reduciendo a gestos y signos paganos.

La Liturgia de la Palabra del Viernes Santo nos mostrará cómo las antiguas profecías mesiánicas se cumplen en la Pasión y Muerte de Jesús que hoy escuchamos en la versión de San Juan. Cristo, muerto fuera de las murallas de la ciudad a la hora en que se sacrificaban en el templo de Jerusalén los corderos para la Pascua judía, es el Cordero que ha cargado con el peso de nuestros pecados y que nos libera para siempre de la muerte. La Iglesia brota de su corazón abierto por la lanza del soldado. Así la Cruz es la fuente de donde brota la salvación para todo el mundo. Por ello tiene hoy una especial importancia la oración universal -después de la homilía- cuyo formulario actual data del siglo V. La comunidad reunida, iluminada por la Palabra, se abre a la caridad orando por la Iglesia, el Papa, los órdenes sagrados y por todos los fieles, por los catecúmenos, por la unidad de los cristianos, por los judíos, por los no cristianos, por los ateos, por los gobernantes, por los atribulados.

Hoy la Iglesia no celebra la Eucaristía. Pedagógicamente, al comulgar con las formas consagradas ayer, Jueves Santo, se pretende resaltar la unión indisoluble entre la Última Cena y la muerte de Cristo en la Cruz. Una muerte que destruye nuestra muerte y que cambiará profundamente y para siempre la naturaleza humana. Pasaremos de llevar grabada la imagen de Adán a ser imagen de Jesucristo, el hombre celestial. Él obedeció al Padre, desde el primer momento de su encarnación por obra del Espíritu Santo en el seno de María hasta el final de su vida, hasta poder decir en la Cruz Está cumplido. El primer Adán nos arruinó por su desobediencia. Pero Jesús, el Hijo, es efectivamente el segundo Adán, el padre de la nueva humanidad redimida. Por eso hoy, cuando lo vemos cargando con la Cruz, lo invocamos llamándole Nuestro Padre Jesús… Y al pie del árbol de la Cruz, la segunda Eva, la Virgen Madre, entre los dolores con que nos dio a luz como hijos de Dios.

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