Cuchillo sin filo

francisco Correal

Celibato

CADA vez que paso por la iglesia de San Pedro, me estremece el texto de uno de los frescos de su exterior. "Tened compasión de mí, al menos vosotros mis amigos". Las virtudes que adornan la peripecia vital del cristiano no son moco de pavo. Misericordia quiero, no sacrificios. Tela marinera para los que creen que misericordia es una pía palabra que da nombre a una obra de Benito Pérez Galdós. Eso ocurre con la caridad. No ha habido aliento más revolucionario que el que alumbra esa palabra tenida por pariente pobre de la justicia, eufemismo de bienpensantes para llenarse la bolsa mientras se dan golpes de pecho.

El párroco de San Pedro se encontró con una escena propia de una novela de P. D. James. El cuerpo sin vida de su vicario parroquial. Conocí a Luis Miguel Gómez Urbina, un pileño con sobriedad de hombre del norte. Un verano, cuando nuestro párroco Pedro Juan se fue de veraneo con su madre a Isla Cristina, lo sustituyó Luis Miguel en las misas de Ómnium Sanctórum. Sorprendió en sus homilías la enjundia de su discurso teológico, su coherencia sin complacencias ni medias tintas.

Era un Forrest Gump del sacerdocio, siempre a paso ligero entre la iglesia y la residencia sacerdotal en lo que fue cine de verano Ideal. Era frecuente verlo por la Alameda, casi siempre con una bolsa de víveres de supervivencia, el kit del celibato. Estos curas viven de acompañar a los demás muchas veces a costa de su propia soledad. ¿Dónde estaba Dios en la hora en que Luis Miguel decidió desobedecer el más sagrado de sus mandamientos? El que ha hecho tanto bien reconfortando, consolando, absolviendo si se me permite el sacramental anacronismo, no merece para sí mismo ese final. En su primera encíclica, el papa Francisco cita a Rousseau: "¡Cuántos hombres entre Dios y yo!". Ese hacinamiento sociológico no es exclusivo del que no ve a Dios y necesita esa certeza para creer. La fe mueve montañas, pero la montaña de sus obstáculos movió la fe de este sacerdote de Pilas, seminario de la quinta del Buitre de los curas andaluces.

"Dicen que la vida es breve / mentira, que es bien larga. / Cabe en ella amor eterno / y todavía sobra vida". No le ha sobrado al cura de San Pedro, que se negó a sí mismo, dicen que la vida es breve, copla portuguesa de un libro de conversaciones con José Saramago, que se exilió de Lisboa a Lanzarote cuando se hizo apócrifo evangelista.

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