UN debate de investidura de baja intensidad deja, sin embargo, interesantes elementos de reflexión. Por ejemplo, la legitimidad de la elegida. Meterse en ese jardín demuestra una vez más que a Zoido no lo ha llamado Dios por el camino del parlamentarismo mordaz. En Madrid y Valencia hay presidentes del PP que no fueron cabecera de cartel electoral. Con Andalucía suman el 42,5% de la población española gobernada en sus autonomías por actores secundarios. La letra constitucional dice que el nuestro es un régimen parlamentario. Pero la realidad es que la gente vota a una persona precisa que aparece con repetición abrumadora en carteles y medios de comunicación.

Si aquí no hay un régimen presidencialista, lo parece. Nadie se sabe el nombre de los diputados de su provincia. Los parlamentarios son seres anónimos, desconocidos. No atienden a sus representados sino a los aparatos de sus partidos, de los que dependen y a los que siguen con obediencia ciega. Estamos lejos del parlamentarismo británico, que es un modelo: un diputado por distrito pequeño elegido a una sola vuelta, difícil de domeñar por el aparato de su formación, dedicado a defender los intereses de sus vecinos, a los que recibe un día por semana. Todo el mundo sabe quién es y dónde está. Ahí tiene la nueva presidenta andaluza materia orgánica para sus ideas de cambio constitucional y presencia de sus huestes en la calle.

Por lo demás, relevos como el de esta semana han sido la norma en el Gobierno regional. El único cambio en la Presidencia de la Junta producido por las urnas fue la llegada de Chaves en 1990. Cuando Escuredo se presentó a las primeras elecciones ya llevaba tres años de presidente preautonómico. Ese período en el cargo le dio una enorme popularidad. Asumió el mensaje andalucista, lo que permitió a su formación un triunfo rotundo y quedarse con la patente del partido que más se identificaba con la sociedad andaluza. Lo que todavía le está dando réditos. Borbolla en 1984, a mitad de la primera legislatura, llegó a la Presidencia sin haber sido el cartel electoral. Igual ha pasado con Griñán y Díaz. Nada nuevo bajo el sol.

El resumen es que estamos ante un cesarismo evidente, en el que incluso el jefe saliente señala a su sucesor. (Eso vale tanto para Rajoy como para Díaz). Y funciona en el fondo y en la forma: en su última entrevista, hace dos semanas, Griñán hablaba de sí mismo en tercera persona, como Julio César en La Guerra de las Galias. Los presidentes se convierten así en semidioses intocables e infalibles. Son los jefes laborales de sus diputados, muchos de los cuales no tienen otro medio de vida y acaban siendo peones solícitos. Esta profesionalización de la política hace que el pretendido parlamentarismo de nuestro sistema quede muy corrompido. De ahí tanto culto a la personalidad de los dirigentes y tanto baboseo. Y entretanto, el ciudadano esperando que se le atienda. La plebe, a la intemperie.

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