En tránsito

eduardo / jordá

No somos Charlie

NO es verdad que todos seamos Charlie Hebdo. Yo, desde luego, no lo soy. Primero, estoy vivo, mientras que esos dibujantes están muertos. Y segundo, si yo supiera que estoy amenazado de muerte por decir lo que pienso, me callaría como un cobarde. De hecho, soy un cobarde. No quiero que me ametrallen por decir lo que pienso. Así que no voy a decir esa tontería de que todos somos Charlie. No es verdad. Para ser como esos dibujantes hay que ser muy valiente, y todos vivimos en una sociedad que ha aceptado ser cobarde, y peor aún, que se engaña pensando que la cobardía frente al fanatismo es una forma de respeto o de sensibilidad cultural. Cualquiera de nosotros se siente muy gallito para meterse con un cura, pero todos nos callamos como putas cuando sabemos que nos pueden pegar un tiro. Y si no lo creen, hagan la prueba. ¿Qué humorista nuestro se ha reído de los yihadistas en la televisión? ¿Qué rapero se ha burlado de ellos? ¿Qué artista o escritor los ha puesto a parir en un libro o en una exposición? Ni uno solo. ¿Y saben por qué? Porque somos cobardes. O peor aún, porque somos tontos y creemos que en el fondo esos yihadistas tienen razón, por muy erróneos que sean sus métodos.

Pero, ojo, hay una cosa que no podemos olvidar: los yihadistas matan sobre todo a musulmanes, aunque ahora parece claro que también han declarado una guerra -sí, guerra- contra Occidente. Un poeta palestino amigo mío me contaba que le tenía tanto miedo a Israel como a Hamás. Y no podemos olvidar a ese policía tendido en el suelo y ametrallado de la forma más cobarde: ese hombre era de origen magrebí y quizá era musulmán, aunque murió defendiendo a la única civilización que cuenta, que es la que no distingue a nadie por sus ideas o por sus creencias. Y no podemos olvidar a todos los que les han plantado cara a los yihadistas. Y en este sentido, no quiero olvidar al gran Mohamed Chukri, el escritor que estaba amenazado de muerte por los islamistas de Tánger porque lo consideraban un "infiel" (ya que se había proclamado ateo y bebía alcohol), pero que anunció por la radio que nunca iba a dejar de vivir como él quería, y que si querían matarlo, sólo tenían que ir a buscarlo al bar Ritz, donde tenía una especie de despacho rodeado de botellas de alcohol. Así que benditos sean los dibujantes de Charlie Hebdo. Y benditos sean los policías que murieron defendiéndolos. Y bendito sea Mohamed Chukri, ese escritor valiente que supo decir que no. A diferencia de tantos y tantos de nosotros.

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