La ciudad y los días

Carlos Colón

Chinatown pamplonica

LLAMADME Jack Nicholson. O Jake Gittes si lo preferís, que así se llamaba el detective que el permanentemente cabreado actor interpretaba en Chinatown. ¿Y por qué pueden llamarme Nicholson o Gittes? Los peor pensados que mejor recuerden la película dirán: porque Gittes vivía en una ciudad corrupta en la que los poderes municipales estaban implicados en una operación de recalificación fraudulenta de terrenos. No hombre, no. Aquí no asesinan a los ingenieros de la compañía municipal de aguas que descubren el pastel. No sean malpensados. Nuestros escándalos no dan para tanto. Entonces, ¿por qué pueden llamarme Nicholson o Gittes? Pues porque el destino me ha llevado adonde jamás querría ir. Aún peor: lo ha traído bajo mi ventana. Para el detective Gittes el barrio chino de Los Ángeles era un lugar maldito que juró no volver a pisar tras vivir allí una terrible experiencia. Pero Chinatown le aguardaba. Su investigación le irá conduciendo fatalmente de vuelta allí para que se consume, por segunda vez, la tragedia. Ya saben: Faye Dunaway caída sobre el volante, el claxon sonando por la presión de su cuerpo, el ojo reventado por un balazo…

Cada cual tiene sus Chinatown por razón de experiencia o de prejuicio. Sitios a los que están unidos malos recuerdos o sobre los que planean ingratos presentimientos, a los que no se quiere volver o que no se quieren conocer. Uno de mis Chinatown presentidos, es decir, uno de esos sitios que no conozco y pretendo seguir sin conocer, es Pamplona en sanfermines. Dado que no soy como esos progresistas integristas que querrían que se prohibieran las fiestas populares que no les gustan, nada tengo que objetar a que los toros, los mozos y el alcohol corran por las calles. Pero no hay fuerza humana que me haga ir allí. "En mi hambre mando yo", se cuenta que dijo un jornalero andaluz de simpatías anarquistas a quien se le ofreció trabajo a cambio de votar a un candidato reaccionario. Pues en mi hambre de desconocimiento de fiestas también mando yo.

Pero resulta que la fatalidad o el destino mandan. Y que los sanfermines que nunca visitaré han venido a visitarme. Qué horror: es como si al detective Gittes se le hubiera plantado el barrio chino en la puerta de su casa. Volvía anteayer de hacer recados y me topé con burladeros en la embocadura de las calles, mozos vestidos de blanco y rojo, gigantes, cabezudos y gentes pegando saltos con botas y litronas mientras una charanga tocaba lo de "Uno de enero, dos de febrero…". El cine había convertido mi calle en Estafeta y Sevilla en Pamplona en sanfermines. Chinatown te alcanza siempre.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios