La tribuna

josé María Contreras Espuny

Cíclopes

LO habrán notado al visitar alguna ciudad especialmente turística. Es un fenómeno que parece sacado de una película de ciencia-ficción y que puede desasosegar a quienes no estén prevenidos. La mayoría de los turistas, especialmente los asiáticos, se han instalado una prótesis de metal que les cuelga apenas a un palmo de la cara. Además la prótesis es incómoda, ya que exige ser sujetada en todo momento; de otra forma se caería con estrépito de cacharro. El poseedor depone el trabajo de sus ojos a favor de uno solo, anejo, mecánico, sin iris ni pestañas que se incrusta en lo que se llama "cámara fotográfica". Así, no se inquieten si en torno a la torre Eiffel o en el Vaticano se ven rodeado de cíclopes; no son tales, sino humanos corrientes que han optado por un objetivo en detrimento de los ojitos que Dios les dio.

Se trata de un mediador tecnológico entre el sujeto y lo que ve; como si la realidad -por aciaga, por brillante, por compleja- fuera insoportable para ser vista a quemarropa. Lo curioso es que el ojo digital no transforma la realidad, la ofrece tal cual es, aunque recortada por los cuatro lados. Así ve, pero ve menos. Se preguntarán qué ventajas reportará entonces para que tantos turistas se mutilen de esa forma. La respuesta provendrá del almacenaje. La prótesis permite una conservación más fidedigna que la inmensa mayoría de las memorias humanas, más proclives a la mezcla y a la tergiversación, más sujetas, en definitiva, a la acción transformadora de los sentimientos -que donde vieron "dijo", recuerdan "Diego"-. Se acabó la tiranía de los objetos que se empeñaban en ser buscados para poder ser contemplados. Ahora, gracias al monóculo fotográfico, puede raptar la imagen y luego repetirla donde le venga en gana. Con ir a Roma una vez basta; en adelante no tendrá más que mirar su ordenador para poseer sus gatos, sus sotanas y sus obeliscos.

Otra de las ventajas de la prótesis es que te vuelve impermeable al presente y despoja al Tiempo del cetro con que señalaba cuándo era lo que era. Decía un apolillado poeta, apellidado Manrique: "Pues si vemos lo presente/ cómo en un punto se es ido/ y acabado". Qué sorpresa no se llevaría al contemplar cómo la prótesis ha exorcizado la fugacidad irrefrenable del presente. Antes de la cámara fotográfica, el "ahora" era escurridizo y ladino. Uno creía cerrar el puño conteniéndolo y, cuando abría la mano, había misteriosamente desaparecido. El presente tenía ese pasaporte de extrañeza que le aureolaba, porque siendo lo único de lo que disponíamos, al mismo tiempo se nos escapaba como a la jarra agujereada. No había más que el presente y éste no lo podíamos contener.

Ahora no: las cosas han cambiado. Por gracia y maravilla de la prótesis fotográfica, el presente, igual que los mejillones, puede ser desconchado y conservado al vacío. Acto seguido, mediante procesos informáticos, añadiremos incluso efectos y colorantes para perfeccionar la siempre mejorable acción de lo real. Por un módico precio podemos convertirnos en taxidermistas de la experiencia, suprimiendo del momento dinámico lo que tenía de imprevisible, efímero, acechante, marchitable, de no domesticado.

No pudiendo salvaguardar el presente, mejor darlo por perdido. Olvídate de la rosa fresca de hoy, nada durará; escúlpela en plástico y consérvala. Es la posición coherente respecto al flujo del tiempo: dar por perdido el presente cuya naturaleza y comportamiento, por otra parte, nunca comprendimos del todo. Ya no tiene sentido degustar un momento mientras sucede; lo que corresponde es recolectarlos para vivirlos luego. Vivir consiste en demorar. Pongamos el caso: una serie de turistas irrumpen en una sala de la galería Borghese con sus prótesis. Proyectan sus ojos digitales en cada una de las esculturas y 12 segundos después están en la siguiente sala. Han comprendido a la perfección. Decido hipotecar el presente para en el futuro contemplar el pasado.

Se trata de un escalón más en la ruptura de las divisiones tradicionales. De esta manera obligo a los tiempos a ser lo que no son, pues no estoy plenamente en el presente para obligar al futuro a convertirse en revisión de lo pasado. Triunfo, sin duda, de lo sucedido sobre lo que sucede y lo que va a suceder; triunfo de la ancianidad. Le arrebatamos al Tiempo su presa al convertirnos en pretérito constante, en mera evocación. La fotografía, por eso, es el paradigma de un sociedad compuesta de melancólicos y procastinadores.

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