La lluvia en Sevilla

Cielo sobre Sevilla

Una mezcla de miedo y hartazgo comienza a tomar la ciudad declarada en preemergencia

Qquizá fue porque, a la salida del Metro en San Bernardo, se me apareció un ángel, con sus alas y su abrigo (estaba en el cartel de la presente edición del Festival de Cine Europeo). O quizá fue porque el cielo estaba gris, y hacía tender el día al blanco y negro. O quizá fue porque, en ese lado de la ciudad, los hoteles, facultades y oficinas son de líneas rectas. Quizá fue porque, a pesar del bochorno, la gente iba en gabardina, a paso rápido sorteando los charcos. El caso es que, el otro día, Sevilla se presentó ante mis ojos travestida como si fuera Berlín en la película El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders, que recomiendo a quienes gusten de la poesía, de las pelis poco convencionales y del teniente Colombo. Va de unos ángeles que sólo pueden ser espectadores de la vida de las gentes de la ciudad, sólo pueden acompañarles, compadecerse, ponerles la mano en el hombro, llorar o sonreír a su lado, no dejar a nadie solo en los momentos duros. Son observadores privilegiados, y aunque ven en blanco y negro -lo mortal, en cambio, es de colores-, pueden escuchar el monólogo interior de cada persona cuando piensa, siente, estudia o está a punto de suicidarse.

Quizá sobrecogida por esta estética que, repentinamente, adoptó Sevilla la primera mañana de lluvia, me fijé en el Metro en cuánto hemos cambiado las gentes de esta ciudad. Uno de los grandes cambios, a peor, es que ya no nos miramos unos a otros (salvo en la Feria y las fiestas, donde pervive, con rigor escaparatista, el mírame y no me toques). Esto presenta ciertas ventajas; por ejemplo, puedo llorarme encima sin que nadie se dé cuenta. En el vagón donde iba montada, todas las caras miraban a la pantalla, y la mayoría de orejas estaban taponadas por auriculares. La chica de al lado caza con el móvil su propio reflejo en el cristal y lo comparte por las redes. Aquí es cuando le entran a una ganas de ser un angelote de esa peli y poder escuchar los pensamientos de cada cual. Una mezcla de miedo y hartazgo comienza a tomar la ciudad declarada en preemergencia. ¿Qué será del trabajo de cada cual? ¿Cuándo me darán el resultado del test? ¿Tendrán que ingresar a mi vecino?, decimos en silencio. En el callejón, un joven juega a ponerse la mascarilla de antifaz. Ya es Halloween en El Corte Inglés. Apenas veo puestos de castañas. El señor que pide por la calle lleva chanclas y calcetines empapados. Un hombre en la farmacia dice a la manceba que a quienes gobiernan hay que pegarles cuatro tiros. Miro a la nada, presa del horror de sus palabras. Que el ambiente de Sevilla sea pronto respirable. Que los ángeles, incluidos los caídos, aquí vayan en tirantas. Que dejemos de ser pronto sospechosos. Atravesar las negras sombras para ser de color, verdadero y mortal, en estos tiempos grises es un acto de resistencia. Sevilla, hasta ahora, y a pesar de todo, supo hacerlo.

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