HACE muchos, muchos años, se celebró en nuestra ciudad un certamen cultural denominado Cita en Sevilla. Fueron principalmente conciertos, pero también teatro y exposiciones. Ya sólo se acuerdan de todo aquello los mayores de cuarenta años y de éstos, no todos. Algunos, ni entonces ni ahora, no habrán oído nombrar a Spandau Ballet, que no era precisamente un grupo de danza contemporánea, sino uno de los más glamourosos grupos británicos del momento. Ni a Kid Creole and The Coconuts, que tenían ritmo para parar un tren. Se iban los pies. Pues sí, durante siete temporadas, al llegar la primavera, y a lo largo de más o menos un mes, se organizaban conciertos de música moderna, del jazz al pop y viceversa, con gran repercusión local y nacional. Pero eso sucedió en otra ciudad. En aquella Sevilla no había teatros, ni auditorios, ni estadios olímpicos. Los conciertos se celebraban en viejos solares o en espacios libres, que se acondicionaban a propósito y a los que acudían miles de personas. Como dirían en un viejo cuento de ciencia ficción, todo eso pasó en otros tiempos, antes de la Gran Expo.

Pero si quieren saber con detalle qué pasó, dónde se realizó, qué artistas actuaron y todo lo que ocurrió, pueden acudir a la exposición que se celebra en estos días en la Caja de Ahorros y que conmemora aquellos hechos. Y leer el libro editado al efecto, acudir a centros de documentación o hemerotecas y rastrear en internet detalles que aparecen en blogs meritorios donde se cuentan muchos pormenores, incluso breves clips musicales. Sí les diré, para que no queden dudas, que en la vida y memoria de los que tuvimos la suerte de poder vivirlo y aún más, participar en los hechos, fueron unos sucesos únicos. A lo largo de casi una década, pudimos asistir a conciertos de figuras de leyenda como Miles Davis o The Kinks. Frank Zappa y Leonard Cohen. B.B. King y Lluís Llach. Tito Puente y Celia Cruz. Paco de Lucía y Camarón. Monserrat Caballé y Joan Manuel Serrat. Y otras figuras del momento, algunas ya olvidadas y otras cuya música creció con los años.

El promotor de todo fue el Ayuntamiento de Sevilla con la colaboración de la Diputación Provincial y otras entidades privadas. Cada año la programación, los carteles, el presupuesto, etcétera, fueron noticia detallada en los medios de información, no exentos de polémica, tensiones ciudadanas y batalla política. Acababa de llegar la democracia a los ayuntamientos y se debatía y discutía expediente a expediente. Y todo aquel debate se hacía por una programación cultural, que aunque no cambió la realidad, sí fue un indicador de que las cosas cambiaban. Lo mejor que se me ocurre decir del público de aquellos momentos es que era cómplice de lo que se hacía.

Hace mucho tiempo de todo aquello. Tenemos teatros y auditorios. Los conciertos de todo tipo se programan con normalidad. También el teatro. Y la ópera. La estabilidad, la normalización, necesarias para poder planificar, ha neutralizado todo aquel impulso. En los medios de comunicación y en las pugnas políticas el debate cultural ha quedado prácticamente ausente. Inerte.

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