Cuchillo sin filo

francisco Correal

Comadrona

FRENTE a la sacralización del aborto, el aborto es sagrado, qué barbaridad, herederas del Viva la muerte de Millán Astray, la vida sagrada; frente al derecho a decidir por los que decidir no pueden, el llanto iniciático del pasajero de la nave amniótica, no me saques comadrona, que el mundo es una encerrona, aunque las manos que lo sacaron eran de un matrono que en parte estaba vivo por casualidad: me contaría después que su padre estuvo en la División Azul de la que muchos no volvieron. Viva la muerte, gracias a la vida que nos ha dado tanto. Fue hace siete años. Ayer nacía mi hijo, mañana moría mi padre. Paco entre pacos, celebro las albricias del relevo generacional. Me veo a mí mismo con los siete años de la primavera de 1964, vísperas del gol de Marcelino a la Unión Soviética y de los Juegos Olímpicos de Tokio que veíamos en la televisión en blanco y negro de algún vecino.

El viernes fue mi hijo con cuatro amigos a la Casa de la Ciencia. Los padres nos quedamos fuera, entraron las madres y los niños. Los veía a los cinco arriba, entre las columnas del pabellón de Perú de la Exposición de 1929. Por orden alfabético, Arturo, Dani, Jorge, Paco y Simón. Imaginaba a otros cinco niños asistiendo a aquella Exposición del 29 en la ciudad que se inventó Aníbal González. Siete años después, "otra vida", como diría mi hijo, esos imaginarios chavales se toparían de bruces con una guerra entre hermanos. Un máster terrible de adolescencia. Pienso también en otros niños sin nombre, esos que se ha tragado el mar en el barco que salió del puerto libio de Misrata y no pudo llegar a Lampedusa.

Esa prueba de atletismo la vi con mi hijo. Los cinco mil metros del Mundial de Atletismo. Ya verás, le dije, cómo los negros llegan antes que los blancos. Ganó un somalí de nacionalidad británica, detrás los keniatas y los etíopes. Gentilicios que volvían cuando miembros de una milicia somalí causaron una carnicería en un centro comercial de Nairobi. Esos niños no tienen que esperar a ser adolescentes para vivir en guerra. Es su estado natural. Sus padres los llevan a su Eurodisney particular, el sueño de un mundo mejor huyendo de un país donde te matan por beber una cerveza o ver un partido de fútbol. Una tercera guerra mundial sin contendientes, sin trincheras, sin treguas. Invisible, sibilina, impertérrita. Es el mundo que les dejamos a nuestros hijos. No me saques, comadrona...

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