Acción de gracias

Cómicos

Los 'titiriteros', los 'bufones' siempre estuvieron ahí para revelarnos una verdad no necesariamente cómoda

Cuando Penélope Cruz ganó el Oscar, después de apuntar lo poco realista que era para una niña de Alcobendas soñar con conquistar un premio semejante, la actriz dedicó en español su triunfo a los paisanos que sintieran aquel momento como suyo. Yo era uno de ellos: esa implicación emocional que otros tienen con las victorias patrias en competiciones deportivas -en las que no suelo estar entre el público- yo la siento con la gente del cine, con mis cómicos. Hace unas semanas, por ejemplo, acogí con orgullo, como si aquel respaldo galardonara a un amigo o a un maestro, a alguien cercano, el merecidísimo Premio Nacional de Cinematografía a José Sacristán. Había visto recientemente el documental Yo quería ser Tyrone Power y me conmovía aún la imagen de ese veterano que se negaba a dejar de ser aquel niño deslumbrado, en el cine de Chinchón, por el hechizo de las películas. "Mi trabajo es un juego", decía, "yo no quiero perder al crío que fui". Mientras repasaba su trayectoria -Sacristán ha hecho de todo, y ha abordado todos los trabajos con la misma nobleza-, el espectador tenía la impresión de que ese camino también le pertenecía, que su historia era asimismo la nuestra.

El sábado pasado, cuando murió Pilar Bardem, pensé en ese vínculo afectivo que nos une a los intérpretes, y me vinieron a la cabeza aquel discurso de Penélope, la alegría con Sacristán, y evoqué también aquella sesión en el Rectorado de Cómicos, ese maravilloso homenaje al teatro que dirigió su hermano Juan Antonio, el retrato de las servidumbres y las miserias que conlleva la vocación, que el realizador conocía bien por el oficio de sus padres, los actores Matilde Muñoz Sampedro y Rafael Bardem, y en mi memoria irrumpió otro episodio de los Oscar, cuando Javier, junto con Carlos y Mónica el último integrante de esa saga, extendió, al recoger su estatuilla, con su madre en el patio de butacas del Teatro Kodak, su reconocimiento a todos "los cómicos de España, que habían traído la dignidad al oficio". La misma dignidad que confería Pilar Bardem a sus personajes: el suyo en Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, su papel más celebrado y el que nos dejó la muestra más evidente de su talento, nos decía que no importa todo lo que la vida y el destino se te pongan en contra, que en el ser humano se esconde una grandeza irreductible que nadie podrá profanar. Una consigna que ella defendió en la esfera pública: su activismo político le granjeó algunos detractores, aunque son pocos los que le niegan que fue una mujer consecuente con sus ideas. Tal vez porque los cómicos, los titiriteros, los bufones siempre estuvieron ahí para revelarnos una verdad no necesariamente cómoda, disponer un espejo en el que, para bien o para mal, nos reconocemos.

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